La teología laica y la conversión de los fieles cristianos: el ejercicio de la teología laica como apostolado (primera parte)
Luis Angel Andrade Córdova
El quehacer de la teología laica, a pesar de llevarse a cabo fuera de la institución eclesiástica strictu sensu, es de primera importancia para la Iglesia del siglo XXI ya que, por su propia naturaleza, es particularmente apta para atraer a los que comienzan a despertar de la pesadilla (pos)moderna pero que aún se encuentran fuera del divino círculo de la fe. Esto debido a que el teólogo laico comparte la condición no-eclesiástica con los que están fuera de éste y por ello mismo comprende mejor su errante sentir en el mundo.
La propia Iglesia-institución ha sido consciente de este estado de cosas desde mediados del siglo pasado y es por eso por lo que, en un gesto de apertura y sabiduría, ha decidido impulsar al laicado en la realización de su misión crística: contribuir, desde sus ministerios particulares, al advenimiento del Reino de los Cielos. Dicha misión aplica, por supuesto, a los que buscan hacer teología desde el mundo. Esta línea de comprensión y de acción teologal puede identificarse claramente en lo dictaminado en el Concilio Vaticano II (1962-1965), particularmente en el capítulo IV de la Constitución Dogmática Lumen Gentium (“Luz de las Naciones”) sobre la Iglesia, dedicado a definir el rol de los laicos en ésta, así como en el decreto Apostolicam Actuositatem relativo a su vocación apostólica.
De acuerdo con el Decreto Eclesiástico sobre el Apostolado de los Laicos “la Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico [Mystici Corporis Christi, o la Iglesia lato sensu], dirigida a este fin, se llama apostolado”.
Tomando en cuenta esta definición, podemos pensar que el apostolado consistente en el descubrimiento, articulación y difusión de un conocimiento sistemático acerca de las verdades de la Fe católica desde fuera de la jerarquía eclesiástica implica, para los teólogos laicos, una manera particular de hacer uso de su inteligencia sintiente natural, la cual es siempre —no hay que olvidarlo— un regalo de Dios. A diferencia de la teología eclesiástica, la cual ha dominado históricamente la Fe y la Weltanschauung (cosmovisión) católicas, su medio de actuación es el natural mundo de la vida (el Lebenswelt), y no la Iglesia, entendida como realidad a la vez natural y sobrenatural.
La capacidad de articular la Razón Universal y la Fe Católica desde la historia mundana, con sus “resquicios tenebrosos” y sin una religación divina directa derivada de la sacrosanta ordenación sacerdotal otorgada por el mismo Jesucristo, genera una particular vía de ascensión al sentido del Ser Eterno (Edith Stein), una suerte de movimiento helicoidal del espíritu creado que es propulsado por la inteligencia sintiente creativa y amorosa del teólogo laico, la cual es legítima siempre y cuando este se encomiende, tanto en su trabajo de reflexión como en su vida cotidiana, a la indefectible Iglesia y al infinito Amor del Ungido por Yahvé, Dios Padre Creador del Universo.
Con todo y la mise en garde que acabamos de enunciar, reiteramos que sería pecar de soberbia afirmar que es la persona y la reflexión del teólogo laico la causa eficiente de la conversión del posmoderno tardocapitalista, pues estaríamos obliterando el hecho de que esta última es siempre debida a la Gracia de Dios, específicamente a la de la tercera persona de la Santísima Trinidad que es el Espíritu Santo, que infunde la Fe en los corazones de los hombres y de las mujeres. En otras palabras: la Fe es necesariamente un don de Dios.
No obstante, debemos tener siempre presente que los dones se trabajan, es decir, que son “objeto” de la praxis humana en el Lebenswelt, que es el lugar en donde la persona experimenta y reproduce la vida y en donde no todo es santidad, ni mucho menos. Así como el haber sido bendecido con el don para la música no implica necesariamente convertirse en un virtuoso ejecutor de un instrumento, tampoco el haber recibido el don de la Fe garantiza ipso facto la santidad del teólogo ni la verdad de su discurso.
Vamos resumiendo: la capacidad de articular la Razón con la Fe desde el mundo de la vida es el ministerio particular del teólogo laico y lo que lo inserta en la unidad de la misión apostólica de la Iglesia, siempre y cuando viva la “santa rusticidad” de la Fe cristiana con el mismo fervor que los demás miembros de la grey a la cual pertenece, es decir, sin dejarse seducir fatalmente por la potencia del Logos abstracto que es solo uno de los aspectos de la divinidad, a pesar de que existan sectas multiseculares que intenten convencernos de lo contrario con sus alegorías grises y arquitectónicas. Negar la Realidad del Logos hecho carne es negar la Verdad, el Amor y la Gracia divinas.
El teólogo laico daría así “hostias espirituales” por medio de su mundano quehacer intelectual fehaciente. Pero seamos claros: la única comunión que con dicha praxis puede ofrecer es con el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, con la Iglesia misma, y no con la sangre y el cuerpo transubstanciados de su Real Cuerpo, divino don exclusivo de los sucesores apostólicos en sus diferentes niveles jerárquicos (desde el presbítero de la parroquia más pequeña y alejada de Roma hasta el Santo Padre Francisco).
Explicado de otra manera: el teólogo laico es oveja y no pastor, y debe siempre caminar de la mano del Dios vivo y de su Iglesia viva. Una oveja, eso sí, capaz de percibir más claramente los ademanes de su rabadán y de anticipar inteligentemente sus pasos dentro del sendero revelado, ello gracias a su formación intelectual profesional y a la consistencia particular de su Fe (del tipo “intellige ut credas”). In fine, el teólogo laico es un miembro particular mediador del rebaño que mira más a su Buen Pastor que al forraje y los granos de la pradera en donde Dios lo ha puesto a pastar.




