Estados Unidos vuelve a matar en nombre de su miedo. En el Caribe, seis personas fueron masacradas por un dron estadounidense mientras viajaban en una embarcación que Washington calificó –sin prueba alguna– de “vinculada al narcotráfico”. No hubo evidencia, ni proceso, ni testigos: sólo la palabra del poder, esa que hoy sustituye al derecho internacional.
Donald Trump, en su retorno a la Casa Blanca, ha decidido reactivar el viejo reflejo imperial de la fuerza: bombardear primero, explicar después. Su gobierno autorizó operaciones de la CIA en territorio venezolano y ataques en aguas internacionales bajo el pretexto de combatir el crimen. En realidad, se trata del mismo patrón de siempre: usar la “seguridad” como coartada para mantener su influencia sobre una región que ya no se arrodilla.
Cada misil lanzado en el Caribe revela no poder, sino desesperación. Estados Unidos ya no domina la narrativa global, ni el comercio, ni la moral. Su dólar pierde hegemonía, su diplomacia carece de credibilidad, y su ejército –el más caro del mundo– se ha convertido en un instrumento torpe que dispara contra sombras. Esa violencia preventiva no es defensa: es un acto de barbarie envuelto en retórica patriótica.
El ataque contra una lancha civil es el símbolo perfecto del declive norteamericano: un imperio que ya no convence, sólo intimida. Lo mismo ocurre con su hostilidad hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua, países a los que pretende castigar por no rendirse. Pero el siglo XXI ha cambiado: América Latina ya no responde a órdenes ni teme sanciones. México, Colombia, Brasil y buena parte del Caribe miran hacia el sur, hacia los BRICS y hacia un mundo multipolar donde la voz del Norte ya no es la única.
El problema es que un imperio en declive puede ser más peligroso que uno en expansión. La historia enseña que los poderes moribundos recurren al fuego para esconder su decadencia. Hoy el peligro no es sólo el fanatismo de Trump, sino la estructura misma de un Estado que mantiene miles de ojivas nucleares y más de 700 bases militares en el planeta. Ninguna civilización debería tener tal poder de destrucción concentrado en manos tan inestables.
Lo ocurrido en el Caribe no fue un accidente: fue una advertencia. El imperio se siente rodeado por su propio miedo y dispara para sentirse vivo. Pero el mundo ha cambiado, y ya no basta matar para imponer respeto. La verdadera fuerza hoy se mide en legitimidad, no en misiles; en cooperación, no en terror.
Estados Unidos aún no lo entiende. Y por eso sigue hundiéndose, como esa lancha caribeña que confundió con un enemigo.






