El opositor priísta José Yunes dice que IMSS-Bienestar “no tiene capacidad” para absorber los servicios en Veracruz. La frase suena eficaz porque pretende clausurar el debate: si “no hay capacidad”, entonces no hay derecho, no hay alternativa, no hay futuro.
Pero la realidad —sobre todo en salud pública— no se mide con consignas, sino con continuidad operativa, presupuesto y resultados. Y aquí está el punto que la oposición neoliberal tergiversa a propósito: la crisis no se explica por una supuesta “imposibilidad” del IMSS-Bienestar, sino por una transición que se manejó con rupturas, en especial desde Insabi, cuando se cortaron mecanismos que, con todos sus defectos, sostenían una mínima estabilidad.
Conviene decirlo sin nostalgia tramposa. Lo anterior “funcionaba” a medias: era un modelo incompleto, fragmentado, desigual entre estados y lejos de ser universal.
Pero también es cierto que tenía engranajes administrativos y rutas de financiamiento que mantenían andando parte del sistema. El problema fue que al pasar a Insabi se rompió esa continuidad antes de tener el reemplazo plenamente instalado.
Y en salud, romper la continuidad no es un error técnico: es sufrimiento en sala de espera, es cirugía postergada, es medicamento que no llega, es personal reventado y pacientes pagando de su bolsillo lo que debía ser derecho.
Esa es la verdad que José Yunes evita: el golpe no fue “porque el Estado no pueda”, sino porque se tomó la decisión de transformar sin cuidar la transición como si fuera un asunto de voluntad política y no una operación logística nacional.
El desorden de ese tramo no prueba que la idea de un sistema público fuerte sea inviable; prueba que una reforma social sin implementación disciplinada se convierte en castigo para los de abajo.
Y eso es justamente lo que la derecha explota: agarra el dolor real de la gente y lo usa como propaganda para regresar al viejo orden, el mismo que privatizó, precarizó y normalizó la exclusión como destino.
Ahora bien: que el PRI mienta no exime al Estado de su obligación. El IMSS-Bienestar tiene que demostrar capacidad con hechos: personal suficiente, abasto verificable, mantenimiento sostenido, quirófanos funcionando, coordinación efectiva con hospitales y con los estados, y transparencia total en compras, plazas y transferencias.
Veracruz no necesita relatos triunfalistas; necesita continuidad restaurada. La credibilidad se construye con resultados cotidianos, no con conferencias.
Por eso la frase de Yunes es tramposa: mezcla dos cosas distintas para confundir. Una cosa es reconocer los rezagos y fricciones reales de la transición; otra, decretar “incapacidad” como sentencia final para sabotear el derecho.
Si de verdad le importara la salud de Veracruz, señalaría fallas concretas y exigiría soluciones con indicadores, no un epitafio político. Pero su tradición es otra: convertir el problema público en oportunidad de retorno, como si su pasado no hubiera sido parte central del derrumbe.
Veracruz debe exigir sin concesiones: que la transición deje de ser ruptura y se vuelva continuidad; que la salud deje de ser botín y vuelva a ser piso común; que el Estado cumpla.
Y también debe desenmascarar sin transigencias: cuando el PRI habla de “capacidad” suele hablar del tamaño de su mentira. Porque si algo ha probado el neoliberalismo priísta es esto: sabe administrar la propaganda, pero nunca supo —ni quiso— administrar la dignidad.
