Melchor Peredo
Una pintura mural, un bien patrimonial, se puede destruir, ya sea un monumento o una escultura monumental, y entonces, si nos quedamos callados, estaremos también en vías de perder nuestra cultura.
No quiero hablar de la terrible destrucción que se ha iniciado del prodigioso conjunto escultórico que nos legara Francisco Zúñiga, integrado estéticamente al edificio de Pemex en el puerto de Veracruz, porque tendría que ser violento. Una poca de violencia, sí, hay que mantenerla como fue la resultante de un artículo periodístico.
Hace algunos años, cuando denuncié que un ex convento estaba convertido en estacionamiento para automóviles, también en el puerto, y que como respuesta positiva se determinó que, conservando el estilo, se convirtiera en un restaurante de excelente gusto.
Pero hay que elogiar el destino que se ha dado a murales como el que pintó Mario Orozco Rivera en 1962 en el Salón de Eventos del Sindicato de Obreros Textileros de la Fábrica del Dique, con el tema de la lucha obrera.
Este mural, según lo reseño en mi libro «Xalapa, reducto de la revolución muralista mexicana», fue la primera obra de dicho artista al llegar a Xalapa, procedente de la Unión Soviética, donde asistió a un Festival Mundial de los Estudiantes por la paz y la amistad. Tuve una entrevista con el entonces Secretario General del sindicato, el señor Miguel Alonzo, y él me compartió esta información.
Dicho mural permaneció secuestrado durante muchos años después del cierre de aquella fábrica, cuyo corazón era el manantial que alimenta el lago y que quedó en manos del gobierno de Murillo Vidal, o más concretamente, en manos de la esposa de este gobernador, quien lo utilizó como bodega de muebles, hasta que el inmueble fue vendido y remodelado. Aquí es donde no puedo quedarme callado, pero no para protestar sino para expresar mi más sincero elogio.
Este formidable ejemplo de la calidad de la pintura mural mexicana se ha conservado cuidadosamente y además se le han dado nuevas posibilidades expresivas, iluminándolo con luces de colores.
El restaurante que ha conservado una artística remodelación es una muestra de que, cuando el tiempo pretende destruir la cultura, siempre existirá la opción inteligente de preservar el arte.
Queda en manos de esta inteligencia quitar toda la cursi cartonería que convierte en basurero el pasillo del mural del antiguo Palacio de Justicia en Xalapa.






