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Gorbachov, consecuencias impensadas

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La muerte ayer de Mijail Gorbachov, el último presidente soviético y quien promoviera acuerdos de reducción de armas con Estados Unidos y alianzas con potencias europeas para eliminar el Telón de Acero que dividía a Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La reunificación de Alemania es la primera consecuencia de la apertura iniciada por Gorbachov. La Unión Soviética se desmanteló por las aspiraciones de autonomía de las 15 repúblicas soviéticas.

Se formó la Federación Rusa –presidida por él mismo– y Estados Unidos junto con el resto de la Europa occidental neoliberal se frotaba las manos por lo que preveía el colapso mayúsculo del archienemigo ideológico militar. China, que ya había iniciado su proceso de reforma hacia la economía mixta, observaba.

El mundo neoliberal hinchaba el pecho de satisfacción, la economía rusa era débil después de la hostilidad y guerra económica alentada por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II –desde luego– desde los años ochenta. La globalización neoliberal se volcó sobre Rusia. McDonalds, Pepsico, y cientos de corporaciones igualmente poderosas y tóxicas se apresuraron a invertir, especialmente en la Rusia europea y en Ucrania.

Rusia iba en franca picada en cuanto a su capacidad de determinación e independencia. Era un caos, dicen los cronistas. Hasta el arribo de Vladimir Putin a la presidencia en 2012. Desde entonces, Rusia se globalizaba de acuerdo con las reglas del juego neoliberales, a la vez que impulsó el fortalecimiento de los capitales nacionales. El rublo se fortaleció.

Vladimir Putin impulsó la creación de un empresariado ruso nacionalista, y eso ha restaurado el orgullo de ser ruso blanco, esto es, europeo. Eso fortalece su ascendencia sobre los gobernados rusos, pero lo sustantivo para la mucha popularidad de Putin es que ha mantenido los esquemas e instituciones de compensación social y seguridad médica. Algo similar ha pasado con China, independientemente de la prensa negra que la precede. Son capitalismos puros, en el sentido clásico, producen cosas, bienes que se tocan, no meros instrumentos financieros o llevando las fábricas a donde la mano de obra es casi esclava.

Ése es el diferendo real en todo este margallate de la guerra en Ucrania.

El presidente Biden parece empecinarse en provocar la confrontación. Ya sea en Taiwán, con la Flota del Pacífico rondando Taiwán o en su alusión ayer para dar a conocer su decisión de retirar las tropas de ocupación en Afganistán, lo que se ha convertido en un desastre según la prensa internacional, Biden defendió vehemente su decisión, la que ha sido agriamente criticada por su ejecución, cosa que socavó su promesa de restaurar la competencia del gobierno. Un discurso no sólo vehemente sino que que reveló destellos de ira hacia sus críticos. No ofreció disculpas por cómo terminó la guerra.

Ya se ha dicho en este espacio editorial que el factor de inestabilidad en éste sistema de balances son los Estados Unidos.

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