InicioEditorialEntre el dato y el pánico

Entre el dato y el pánico

- Advertisment -

Las redes sociales se llenaron de alertas sobre un “súper Niño” capaz de desencadenar catástrofes planetarias. La información científica legítima opacada por la exageración viral y profecías de apocalípticas. Son registros distintos y cada uno tiene derivaciones distintas: uno exige política pública y el otro produce clics.

Varios meteorológicos estiman que la probabilidad de que El Niño durante 2026 alcance intensidad considerable por el calentamiento acelerado en el Pacífico y más agua cálida bajo la superficie. Las organizaciones meteorológicas del mundo tienen meses monitoreando indicadores que justifican atención seria. El fenómeno, además, opera sobre un planeta más caliente desde hace décadas.

Lo que todavía no existe es certeza sobre los escenarios terminales que circulan en cadenas y videos alarmistas. Los modelos meteorológicos aceptan márgenes importantes de incertidumbre. Proyecciones hay muchas; algunas rigurosas, otras son para provocar miedo. Una informa decisiones, la otra paraliza o, peor, agota la atención pública hasta que la alerta real llega sin audiencia.

Veracruz enfrenta este ciclo desde una posición estructuralmente frágil. La geografía –Golfo, montañas, corrientes de humedad– lo convierte en zona de alta exposición a cualquier alteración atmosférica significativa.

Pero la fragilidad no es sólo geográfica. Décadas de asentamientos en zonas de riesgo, sistemas pluviales deteriorados y expansión urbana sin ordenamiento dejaron una vulnerabilidad acumulada que no depende del cielo sino de decisiones tomadas en tierra. Barrancas convertidas en colonias, ríos reducidos a canales de basura, infraestructura hídrica que no se ha modernizado en años: ese es el expediente real del riesgo y ese expediente tiene nombres y fechas de gestión.

El ciclo ya conocido lo confirma: colonias inundadas, carreteras colapsadas, comunidades incomunicadas, pérdidas agrícolas que ningún seguro cubre y familias reubicadas provisionalmente que siguen en el mismo lugar diez años después.

Por otro lado el presupuesto de protección civil y obra hidráulica en Veracruz lleva años siendo insuficiente frente a la magnitud del riesgo. Las alertas tempranas funcionan cuando alguien las financia, las opera y las actualiza. Los planes de evacuación existen cuando alguien los diseña, los comunica y los practica. La prevención no es vocación; es gasto programado. Y ese gasto, en distintas administraciones, ha sido el primero en recortarse.

La temporada de lluvias no espera diagnósticos tardíos. Revisar drenajes y cauces, limpiar ríos, fortalecer protección civil, monitorear zonas de deslave y activar sistemas de alerta temprana son tareas que debieron comenzar hace semanas. Ningún boletín de prensa sustituye una alcantarilla limpia ni una comunidad con protocolo de evacuación. La diferencia entre una contingencia manejable y una tragedia se define antes de que llegue la tormenta. Las autoridades veracruzanas lo saben. La pregunta es si actúan antes o, como es costumbre, llegan a reportar después.