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El genocidio anunciado

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En una conferencia de prensa conjunta con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el presidente Donald Trump expuso con una franqueza brutal su plan para consumar la limpieza étnica de la Franja de Gaza. Su «solución» al conflicto palestino-israelí consiste en despojar a los 2.4 millones de gazatíes de su territorio ancestral, confinarlos en zonas dispersas de Egipto y Jordania, y convertir la devastada Gaza en una próspera «Riviera de Medio Oriente». Un megaproyecto inmobiliario que, según él, generará innumerables empleos para la «gente de la zona», un eufemismo que, en el contexto de su discurso, parece referirse exclusivamente a los colonos israelíes.

Al ser cuestionado sobre si su plan implica un desplazamiento forzoso, Trump repitió el argumento falso de que los palestinos desean marcharse, pese a la evidencia de miles de familias que, en cada tregua, regresan a las ruinas de sus hogares destruidos por los bombardeos israelíes. Con una insensibilidad escalofriante, el magnate describió Gaza como «un gran montón de escombros», como si su devastación fuera obra de un desastre natural y no del régimen de ocupación con el que se ha alineado incondicionalmente.

Netanyahu, por su parte, celebró el apoyo de Trump, a quien calificó como «el mejor amigo de Israel en la Casa Blanca». Agradeció, además, la entrega de bombas de 900 kilogramos, cuyo envío había sido bloqueado por el expresidente Joe Biden. Estas armas, capaces de generar cráteres de 12 metros de diámetro y matar a personas a más de 300 metros de distancia, han sido responsables de la masacre de miles de civiles palestinos, principalmente mujeres y niños.

El apoyo de Trump al sionismo no es una mera estrategia política o retórica de campaña, sino un compromiso que se ha traducido en hechos aún más devastadores que sus palabras. Desde su regreso a la Casa Blanca, ha revocado sanciones a colonos extremistas en Cisjordania y ha respaldado abiertamente las acciones que buscan la desaparición del pueblo palestino como entidad cultural y política.

Lo más alarmante de este plan genocida es su absoluta falta de sigilo. La limpieza étnica de Gaza no se trama en reuniones secretas ni se esconde detrás de eufemismos diplomáticos: se anuncia en conferencias de prensa, como si fuera un plan de infraestructura o una reforma económica. Nunca antes en la historia moderna se había publicitado un crimen de Estado con tal descaro.

La comunidad internacional ya no podrá alegar ignorancia. Si en pleno siglo XXI se consuma el exterminio de un pueblo a plena luz del día y con transmisión en tiempo real, el mundo entero será cómplice de una de las mayores atrocidades de la historia contemporánea.

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