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Es Cosa Pública

El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, no es solo una tragedia local: es una escena montada para producir efectos políticos inmediatos. A inicios de noviembre, en plena temporada de celebraciones, un tirador se acercó y descargó su arma sobre el edil; el hecho desató una ola de versiones, acusaciones y oportunismos que buscan dirigir el dolor hacia un culpable útil. Los primeros reportes periodísticos fijaron el marco: ataque con sello de crimen organizado y una investigación en marcha, mientras la viuda, Grecia Quiroz, asumía el cargo y prometía continuar la lucha contra las mafias. Que el Estado responda con protección reforzada (al menos 14 agentes) habla del tamaño de la amenaza… y del tablero donde se juega el mensaje detrás del crimen.  

Lo esencial se está perdiendo entre el ruido: Uruapan es un punto neurálgico del poder criminal que disputa rentas, rutas y territorio; ahí la violencia no solo mata: comunica. Por eso importan los detalles que apuntan a redes de protección, de negocios y de propaganda. La Fiscalía estatal ha reconstruido una cronología que exhibe planeación: el atacante llegó horas antes, se hospedó en un hotel, se cambió de ropa y ejecutó al alcalde con un arma 9 mm vinculada a atentados previos en octubre. Esa trazabilidad desmiente la narrativa de “improvisación” y refuerza la tesis del asesinato con sentido político-mediático.  

Hay, además, un ángulo que la oposición prefiere eludir: las conexiones históricas entre élites políticas regionales y el negocio aéreo privado. En abril de 2025 la FGR aseguró oficinas y equipos de una empresa de aeronaves con razón social Servicios Aéreos “La Viña”, señalada por recibir contratos en el sexenio de Silvano Aureoles y vinculada incluso a episodios trágicos de aquel periodo. Que ese ecosistema de compañías haya operado a la sombra del poder ayuda a entender por qué la discusión sobre “helicópteros, escoltas y logística” no es banal, sino un hilo que conduce a las zonas grises donde se tocan negocio, seguridad y política.  

Reportes locales previos al asesinato ya apuntaban a que el alcalde de Uruapan rentaba aeronaves a costos exorbitantes y que la titularidad o control de esas naves estaría asociada a operadores cercanos al exgobernador. Son señalamientos periodísticos que ameritan cruce documental y peritajes financieros, pero su mera existencia ilustra el pantano: redes empresariales que, bajo el paraguas de “servicios aéreos”, prosperaron al amparo de gobiernos capturados. Si la investigación federal y estatal acredita esos vínculos —o sus equivalentes—, el caso Manzo dejará de mirarse como un crimen aislado para convertirse en radiografía del viejo régimen.  

El contexto mayor no ayuda: Michoacán carga quince años de guerra continua, disputas entre cárteles y militarización intermitente. La muerte del alcalde reactivó protestas y luto en una sociedad harta de pagar el costo de una economía criminal que ordeña aguacate, limón y transporte. Allí la propaganda del “Estado fallido” encuentra fertilidad: cada asesinato parece confirmar el relato de que nada cambió. Pero los datos y la cronología oficial sugieren otra lectura: grupos con poder territorial usan el terror como instrumento político para renegociar su relación con autoridades y para condicionar a un gobierno federal que intenta recomponer capacidades sin ceder soberanía a los viejos intermediarios.  

En paralelo, la oposición recicla su libreto: atribuye sin pruebas la responsabilidad al gobierno central, explota el duelo y exige “mano dura” como si no fueran herencia suya las estructuras que incubaron la colusión. Son los mismos que convirtieron el combate al crimen en espectáculo y negocio, y que ahora corren a posar ante cámara con el sombrero del muerto en la mano. Esa carroña mediática encubre preguntas esenciales: ¿quién financia y decide la logística de seguridad municipal?, ¿qué empresas proveen vuelos, equipos y escoltas?, ¿sobre qué contratos y con qué auditorías?, ¿qué vínculos hay entre esos proveedores y exfuncionarios hoy reciclados como opinadores?

La respuesta institucional debe ir por dos carriles simultáneos. Primero, la investigación criminal a fondo: autor material, autores intelectuales, cadena de mando y móviles, con cooperación federación–estado y resguardo de evidencias balísticas, financieras y de comunicaciones. Segundo, una intervención administrativa forense: auditorías a contratos de aeronaves, seguridad privada y proveeduría municipal-estatal de los últimos años; verificación patrimonial a funcionarios y contratistas; y un padrón público de proveedores de seguridad y transporte aéreo con beneficiarios finales. Sin ese “corte de caja” la verdad se diluye en espectáculo.

Que la esposa de Manzo haya asumido el encargo, con protección reforzada, es un gesto de dignidad y continuidad democrática. Pero ni su valor ni el duelo ciudadano deben ser usados para cancelar las preguntas incómodas. La sociedad merece saber si, detrás del gatillero, hay una red que combina negocios del aire con política en tierra; y si la violencia no solo mata, sino que reordena mercados y candidaturas.  

Uruapan es hoy el espejo de un país en disputa: de un lado, la presión de mafias que quieren dictar la agenda con sangre; del otro, un Estado que, para recuperar autoridad, debe romper con las viejas alianzas entre poder público y negocio privado de la seguridad, empezando por el cielo: contratos, matrículas, hangarajes, pilotos, pólizas, bitácoras y flujos. Cuando esa madeja se desenrede, el crimen dejará de ser rumor para convertirse en prueba. Y entonces sí, veremos quién pierde con la verdad sobre la mesa.

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