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El crédito y las tarjetas departamentales

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Dinero Tropical

Partamos de una realidad: contar con acceso al crédito —ya sea a través de una empresa, un amigo o un familiar— es preferible a no tener ninguna opción. Hay personas que, ante una tragedia o un imprevisto, simplemente no tienen a quién acudir para resolver la parte financiera. Otras podrían incluso consolidar un negocio con ayuda del crédito, pero la falta de acceso al sistema formal limita sus posibilidades de crecimiento.

Por ello, contar con crédito formal es importante: puede ayudarte a amortiguar una emergencia, impulsar un negocio con potencial o realizar una inversión significativa.

Ahora bien, ya que establecimos que es mejor tener crédito que no tenerlo, pasemos al segundo gran problema: el crédito formal es caro para muchos de quienes sí pueden acceder a él. Según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024, uno de los principales motivos por los que la gente no utiliza crédito formal es el alto cobro de intereses.

Además de ser caro, el crédito formal también resulta complicado de obtener para amplios sectores de la población. Muchos productos financieros están diseñados para personas con empleo formal. De acuerdo con la misma encuesta, solo el 37% de la población cuenta con crédito formal, el 29% con crédito informal, y el 46% no tiene ningún tipo de crédito.

Con este panorama, vale la pena analizar el caso de las tarjetas departamentales, que hoy en día son el producto crediticio más común dentro del sistema formal. Entre los diferentes tipos de crédito —automotriz, grupal, de nómina, personal, de vivienda, tarjetas bancarias y departamentales— son estas últimas las más utilizadas.

Esto se debe principalmente a que exigen pocos requisitos. Las tarjetas departamentales ofrecen líneas de crédito para compras en tiendas específicas, y suelen estar disponibles para dos sectores que a menudo enfrentan dificultades para obtener financiamiento: personas de bajos ingresos y jóvenes con poco o ningún historial crediticio.

Sin embargo, el costo de este tipo de crédito es alto, especialmente cuando se usa de forma irresponsable. El mayor problema no es solo el interés elevado, sino el mal uso que muchos hacen de estas tarjetas. Si se utilizan para cubrir gastos innecesarios, como si fueran un ingreso extra, o si se acostumbra usar el límite completo sin planificación, se pueden generar deudas difíciles de controlar.

La clave está en la moderación y en una buena administración. Si te otorgan una línea de crédito de 8,000 pesos, eso no significa que debas gastarla por completo. Un uso prudente sería emplear solo un 25% (alrededor de 2,000 pesos), por ejemplo. En caso de una emergencia, como la compra de un refrigerador o una lavadora, puede justificarse el uso de una mayor cantidad, siempre con la intención de adelantar pagos para reducir intereses y acortar el plazo.

Y es que el negocio principal de las tarjetas departamentales está en los intereses. Por ejemplo, Coppel otorga 30 días para pagar sin generar intereses. Pero seamos honestos: muchas personas compran sabiendo que no podrán cubrir el total en ese plazo. Por su parte, tiendas como Liverpool ofrecen mensualidades sin intereses, pero el precio de sus productos —por las marcas que manejan— puede incluir sobrecostos implícitos.

En resumen, volvemos a la idea inicial: es mejor tener acceso al crédito que no tenerlo. Pero aún mejor es tener la prudencia para usarlo inteligentemente, crear un historial crediticio positivo y evitar que tus compras terminen generando estrés o endeudamiento innecesario.

Por cierto, más importante aún que el crédito es tener tu propio banco: un fondo de emergencia. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.
El crédito es una herramienta útil, pero solo para quien sabe usarla.