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El castellano y la oposición

Hay lenguajes que requieren estudio: el mandarín, el ruso, el maya yucateco. Pero ninguno tan incomprensible para la oposición mexicana como el castellano. No importa cuántos años lo hablen: la gramática les hace bullying, los verbos los traicionan y las palabras se les rebelan como adolescentes en crisis. El resultado es un show lingüístico en tres actos que haría llorar de risa a Cervantes, si no fuera porque la realidad es más absurda que cualquier entremés.

Acto 1: Los pacifistas que aman el marro.
En el diccionario, “pacifista” significa persona que promueve la paz y la no violencia. En la oposición, en cambio, significa individuo equipado con marros de demolición para romper vallas, golpear policías y dar clases prácticas de “zen con impacto contundente”. Hay quien propone actualizar la definición en la Real Academia: “Pacifista: militante que intenta construir la paz a marrazos, preferentemente transmitidos por streaming”.

La confusión no es menor. Al parecer, el pensamiento opositor asume que entre “paz” y “pavimento”, hay una fusión espiritual y por eso lo levantan con fervor arrojadizo.

Acto 2: Los campesinos premium.
En el campo mexicano existe pobreza, desigualdad y lucha cotidiana. Pero en el castellano alternativo de la oposición, “campesino” es aquel que llega a bloquear carreteras en camionetas Lobo que cuestan lo mismo que un departamento en la Roma-Condesa.

Con sus sombreros de diseño y sus vehículos de lujo, estos “campesinos” exigen justicia, aunque la mitad de ellos no podrían distinguir un surco de una pasarela. Eso sí: para la foto siempre posan con un machete nuevo que aún lleva adherida la etiqueta.

El castellano opositor ha logrado una proeza semántica: convertir la lucha agraria en un safari automotriz patrocinado por la Ford.

Acto 3: Los nacionalistas de embajada.
Quizá el mayor aporte lingüístico de la oposición al español sea el concepto del “nacionalista patriota”: un personaje que se envuelve en la bandera, canta el Himno en mi bemol y acto seguido cruza la frontera para suplicar a congresistas estadounidenses que intervengan en México.

La oposición, en un alarde poético, ha logrado que “soberanía” signifique “lo que Estados Unidos decida”. Y que “patria” se conjugue en futuro condicional: “Si nos mandan los marines, seremos libres”.

Si José Maria Morelos levantara la cabeza, la volvería a enterrar.

Un diccionario para sobrevivir.
Frente a estas mutaciones semánticas, es urgente un diccionario bilingüe: español–oposición. Algunas entradas preliminares:

“Dictadura”: cualquier gobierno que no me haga caso.
“Corrupción”: lo que yo imagino que pasa.
“Libertad”: mi derecho a bloquear carreteras desde mi Lobo Platinum.
“Represión”: cuando me piden que no golpee policías.
“Justicia”: que gane mi candidato aunque saque menos votos.
“Pueblo”: cualquier persona que tenga más seguidores que yo en Twitter.

Conclusión provisional.
El problema no es político: es lingüístico. La oposición vive atrapada en un castellano paralelo, un universo donde las palabras se disfrazan, los conceptos van al gimnasio y la lógica se queda haciendo fila en el Oxxo.

No es que no entiendan la realidad: es que no entienden el idioma. Tal vez, antes de hablar de democracia, deberían leer un diccionario. O al menos pasarse por la primaria a revalidar Español I y II.

Porque mientras la oposición siga conjugando al revés, México seguirá conjugando hacia adelante.


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