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Dilemas de la transformación nacional (parte I)

La Faena

Antonio Gramsci explica la derrota de la Comuna de París de 1871, y por extensión a proyectos más contemporáneos, como la confirmación de dos de las tesis centrales de su visión política: primero, la indispensable necesidad de contar con un partido revolucionario cohesionado y la exigencia de una revolución cultural previa a la toma del poder. Es decir, aquel fracaso se debió más que nada a la falta de un consistente posicionamiento cultural en la sociedad del propósito de crear una hegemonía popular.

Hoy, más que nunca, estas palabras cobran notable vigencia dadas las condiciones adversas y al asedio en que se encuentra el movimiento transformador iniciado por AMLO y continuado por la presidenta Sheinbaum, ante la enmarañada, poderosa y compleja red de instituciones políticas, religiosas, económicas y mediáticas que dan guerra sin cuartel al proceso de transformación del país. Así que, si se quiere continuar su consolidación, es necesaria una amplia alianza de todos los sectores marginados por los gobiernos panistas y priistas y su “izquierda” aplaudidora en la que degradó finalmente el extinto PRD.

Ese planteamiento de Gramsci privilegiaba además la conformación de un partido que diera dirección a lo que llamaba la “espontaneidad revolucionaria”, pues razonaba que las masas no pueden sustituir a ese partido que debiera representar una vanguardia organizada; de lo contrario el poder conquistado se disolvería.

La historia ha enseñado que en sociedades complejas la toma del poder no basta, en tanto los grupos hegemónicos mantengan intactas sus estructuras y por ende las cajas de resonancia que le dan vida a su hegemonía cultural, a su proyecto educador de masas como formador-reproductor de votantes que eligen sufragar por quienes los explotaron y abusaron durante muchos años.

Es largo y difícil el camino para conquistar y convencer a una sociedad acostumbrada a votar por sus verdugos y explotadores, pues llevan decenas de años expuestos a un adoctrinamiento cultural proveniente tanto de la educación formal —vemos como hoy las propias universidades públicas con nidos del pensamiento conservador tal y como sucede en la Universidad Veracruzana—, como, sobre todo, del enorme impacto que les permea desde los grandes conglomerados mediáticos.

Esta claro que un proyecto de transformación social como el de la 4T arrancó con una clara desventaja ante el poder pedagógico y cultural de los medios masivos, que durante los sexenios priístas y panistas han machacado ininterrumpidamente con el propósito de moldear la conciencia de los ciudadanos y distorsionar su sentido común.

En resumen y siguiendo a Gramsci, la transformación difícilmente podrá terminar de consolidarse sin un partido que establezca una guerra de posición, incapaz de concitar a una alianza popular, sin capacidad de educar políticamente y combatir la hegemonía cultural de los grupos privilegiados; en caso tal, dejará tirado en el camino el intento de transformación profunda para terminar convertido en un inconcluso episodio, que es a lo que apuesta esa derecha mexicana que no duerme y que pasa noches en vela.

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