La llamada cuesta de enero amenaza con convertirse en una crisis de liquidez que amaga con asfixiar a las familias mexicanas durante el primer trimestre del año.
La percepción en los mercados y tiendas de autoservicio es unánime, el incremento en el costo de la vida diaria ha neutralizado por completo los recientes aumentos salariales, dejando a los trabajadores en una posición de vulnerabilidad financiera que no se veía en años anteriores, advirtió Enrique Trueba Gracián, analista financiero.
A pesar de las cifras oficiales que presumen una mejora en las percepciones de los trabajadores, la realidad en el carrito del súper dicta algo distinto.
“Dicen que hubo un buen aumento, sí, pero se lo está llevando el incremento en nuestra vida diaria”, señala.
La inflación persistente ha generado que el costo de vivir sea hoy una carga significativamente más pesada, transformando la tradicional cuesta de enero en un desafío estructural que parece no tener un final próximo.
Este año, el fenómeno se ha acentuado de manera alarmante.
Los indicadores muestran una caída drástica en las ventas y una reducción severa de la liquidez en los hogares.
Sin embargo, el dato más preocupante es el retroceso hacia la economía informal.
Ante la presión económica, diversas pequeñas y medianas empresas han tomado la drástica medida de retirar a sus colaboradores de la nómina formal.
Al ser desplazados a la informalidad, el personal no sólo pierde prestaciones como servicios médicos y vivienda, sino que se enfrentan a un fenómeno psicológico y financiero devastador: la dilución del efectivo.
Según expertos en finanzas personales, recibir el salario íntegro en billetes y monedas, sin el filtro de una cuenta bancaria, acelera el consumo impulsivo.
“Cuando el dinero está en el banco te dura un poquito más. Tener el efectivo en casa ocasiona un mayor gasto. Al final de la semana la gente está ‘pasando aceite’ porque ya no hay nada en el cajón”, explica.
La falta de bancarización, obligada por la precarización laboral, está mermando la capacidad de ahorro y planificación de las familias, quienes ven que sus ingresos se evaporan en gastos hormiga y productos de primera necesidad cuyos precios no dejan de escalar.
La conclusión para los sectores productivos es pesimista, precisa, “pues febrero no muestra señales de mejoría.
El segundo mes del año se perfila como una extensión de la crisis, cuando se pondrá a prueba el panorama real de la inflación y la efectividad de las tasas de interés.
Si bien se reconoce, dice, “que las políticas enfocadas en la seguridad son necesarias, pues la seguridad es la base de cualquier inversión, existe una crítica fundamentada hacia la falta de reactivación económica real.
Los acuerdos firmados con grandes empresarios han sido señalados como papel mojado, ya que no se traducen en empleos reales ni en inversiones tangibles.
La falta de condiciones legales, jurídicas y de seguridad empresarial impide que los compromisos de la iniciativa privada se materialicen en beneficios para la clase trabajadora”.
“Mientras la macroeconomía se debate en cifras y acuerdos de escritorio, el ciudadano promedio enfrenta un febrero que se siente tan empinado como enero, con menos prestaciones y un poder adquisitivo que se desvanece entre las manos”, plantea.






