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Cuando el miedo se vuelve sistema

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ECP

La generación de miedo no es un fenómeno nuevo. Los gobiernos lo han utilizado durante siglos para ordenar a sus sociedades. El miedo reduce el pensamiento crítico, concentra la atención y facilita decisiones extraordinarias. En los regímenes neoliberales autoritarios esa herramienta se utiliza con frecuencia: crisis, amenazas externas, inseguridad permanente. La sociedad se repliega en busca de protección y el poder gana margen de maniobra.

Pero cuando el miedo deja de ser una estrategia de gobiernos específicos y se convierte en una atmósfera global, la lógica cambia.

Ya no se trata de propaganda de un régimen. Se trata de una condición del sistema.

Las noticias se encadenan: guerras regionales, crisis energéticas, tensiones militares, amenazas nucleares, colapsos financieros, pandemias, migraciones masivas. Cada episodio distinto alimenta la misma sensación de inestabilidad. No es tanto el hecho aislado lo que genera temor, sino la secuencia permanente.

El resultado es una sociedad global acostumbrada a vivir en alerta.

En el siglo XX el orden internacional descansaba en instituciones, tratados y equilibrios relativamente claros. Cuando ese orden empieza a erosionarse, el sistema necesita otra forma de coordinación. El miedo puede cumplir esa función.

Los países se alinean no tanto por proyecto común, sino por percepción de amenaza.

En ese contexto, el miedo legitima la concentración de poder: más vigilancia, más gasto militar, menos debate político. No necesariamente porque las sociedades quieran autoritarismo, sino porque buscan seguridad en medio de la incertidumbre.

Pero esa atmósfera tiene una paradoja.

Cuando el miedo se vuelve global, también se vuelve difícil de controlar. Ningún gobierno domina completamente el sistema informativo planetario. La misma narrativa que intenta ordenar a las sociedades puede terminar generando desconfianza generalizada hacia todos los poderes.

Por eso hoy conviven dos fenómenos aparentemente contradictorios: miedo creciente y legitimidad política decreciente.

El miedo global no sólo puede ser una herramienta de gobierno. También puede ser un síntoma.

Suele aparecer cuando el sistema internacional entra en transición y nadie sabe todavía cuál será el nuevo equilibrio.

En otras palabras: la atmósfera de miedo que hoy recorre el mundo puede ser menos señal de control que de incertidumbre.

La pregunta de fondo es otra.

Si el miedo se vuelve la atmósfera emocional de la política global, la pregunta ya no será quién lo utiliza, sino quién estará realmente conduciendo el sistema… y quién simplemente estará tratando de sobrevivir a su propia inestabilidad.