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La culpa como forma de control pasivo

 Capítulo VI: La culpa interiorizada (segunda entrega)

Durante siglos el poder necesitó vigilancia visible. Soldados, sacerdotes, jueces, inspectores, patrones. La obediencia dependía de una presencia externa capaz de castigar la desviación. El costo era enorme. Había que mantener estructuras completas dedicadas a supervisar a la población.

La modernidad descubrió algo más eficiente: lograr que las personas se vigilaran a sí mismas.

La culpa interiorizada representa el punto más sofisticado de esa evolución. Ya no se requiere una autoridad observando permanentemente porque la autoridad ha sido incorporada al sujeto. El vigilante vive dentro de la conciencia.

Michel Foucault observó este fenómeno al estudiar las instituciones modernas. La escuela, el cuartel, la fábrica, el hospital y la prisión comparten una lógica común: producir individuos que terminen regulando su propia conducta. El objetivo último no es castigar. Es conseguir que el castigo ya no sea necesario.

Cuando ese proceso se completa aparece una forma de poder extraordinariamente económica. El individuo trabaja para cumplir expectativas que nadie necesita imponerle directamente. Se corrige antes de ser corregido. Se censura antes de ser censurado. Se disciplina antes de recibir una orden.

La culpa cumple aquí una función decisiva. Ya no opera como pecado religioso ni como delito jurídico. Opera como insuficiencia.

El individuo contemporáneo rara vez se siente culpable por ofender a Dios. Tampoco por violar una ley. Se siente culpable por no alcanzar el ideal que la sociedad le presenta como obligatorio.

No produce lo suficiente. No gana lo suficiente, no ahorra lo suficiente. No educa suficientemente bien a sus hijos. No cuida suficientemente su cuerpo; no aprovecha suficientemente su tiempo; no es suficientemente exitoso. La palabra clave es insuficiente .

La culpa moderna ya no dice “has hecho algo malo”. Dice algo mucho más profundo y persistente: “No eres suficiente.”

Esa transformación modifica radicalmente la experiencia humana. La culpa clásica aparecía después de una acción específica. Tenía una causa identificable. Podía expiarse mediante castigo, arrepentimiento o reparación ■

La culpa contemporánea no termina nunca porque no depende de un acto concreto. Depende de una comparación permanente con un ideal inalcanzable.

Siempre existe alguien más exitoso; más productivo; más disciplinado; más atractivo; más rico; más eficiente.

La sensación de deuda nunca desaparece. El neoliberalismo encontró en esta estructura psicológica una herramienta perfecta.

Si una persona fracasa económicamente, la explicación deja de buscarse en salarios insuficientes, mercados concentrados o desigualdades estructurales.

La responsabilidad se desplaza hacia el individuo: no estudió bastante. No se esforzó bastante. No emprendió bastante. No se capacitó bastante. No administró bastante bien sus recursos.

La culpa sustituye al análisis estructural. La pregunta deja de ser por qué existe la desigualdad y se convierte en qué hizo mal quien quedó abajo.

El resultado es políticamente extraordinario. Una sociedad puede experimentar precarización creciente sin generar necesariamente resistencia colectiva. Cada individuo interpreta su situación como un fracaso personal.

La culpa fragmenta, aísla, despolitiza. Transforma problemas sociales en defectos privados. Lo que antes podía entenderse como una cuestión de organización económica termina vivido como una carencia moral. La explotación adquiere entonces una característica singular: deja de sentirse como imposición externa.

Se experimenta como elección. El trabajador permanece conectado fuera de horario porque cree que debe hacerlo. El profesionista responde mensajes de madrugada porque siente que no hace suficiente. El estudiante vive agotado porque considera que siempre podría rendir más.

Nadie necesita obligarlos. La culpa ya realiza el trabajo. Por eso esta forma de control resulta tan poderosa. Los viejos sistemas de dominación encontraban resistencia porque el enemigo era visible.

La culpa interiorizada elimina esa ventaja. El conflicto deja de producirse entre gobernantes y gobernados.

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