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Cuando diciembre se llama migrante

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Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard, Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas de la Asociación de Mexicanos en Carolina del Norte, Inc. (AMEXCAN)

El Día Internacional del Migrante no es una fecha decorativa en el calendario; en 2025, se convirtió en un recordatorio incómodo pero necesario de una realidad que Estados Unidos vivió con crudeza, millones de personas migrantes sosteniendo economías, comunidades y servicios, mientras enfrentaban políticas erráticas, discursos de odio, redadas selectivas, procesos de asilo cada vez más restrictivos y una normalización preocupante de la precariedad.

Este año dejó claro que la migración no es una “crisis” coyuntural, sino una condición estructural del país. En 2025, los migrantes fueron esenciales en la reconstrucción tras desastres naturales, en el campo, en la industria alimentaria, en la salud, en la construcción y en los servicios, sin embargo, también fueron el blanco de criminalización política, de campañas electorales que usaron el miedo como estrategia y de un sistema migratorio incapaz de responder con humanidad y eficiencia.

En ese contexto, el Día Internacional del Migrante adquiere una fuerza simbólica mayor, no celebra el sufrimiento, sino la resistencia; celebra a quienes cruzaron fronteras para sobrevivir y, al hacerlo, transformaron los lugares a los que llegaron, celebra a las familias separadas que siguieron adelante, a las comunidades que se organizaron frente a la adversidad y a las voces que, aun con miedo, no dejaron de exigir derechos.

Por eso es especialmente significativo que estados como Carolina del Norte hayan dado un paso al frente. La proclamación del mes de diciembre como el Mes Internacional del Migrante, realizada a nombre de su gobernador, Josh Stein, no es un gesto menor en medio den un clima nacional polarizado, reconocer oficialmente la aportación de las y los migrantes es un acto político y moral de gran calado, es decirle a la sociedad que la migración no es un problema que se tolera, sino una realidad que se valora.

Este reconocimiento representa algo más profundo, una validación pública de la resiliencia migrante, de la capacidad de levantarse tras cada golpe institucional, de reinventarse frente a leyes cambiantes y de sostener la esperanza incluso cuando el sistema parece diseñado para agotarla; reconocer esa resiliencia es reconocer que sin las y los migrantes, muchos estados simplemente no funcionarían.

El Día Internacional del Migrante, en el marco de lo vivido en 2025, debe servir para algo más que discursos, debe empujar a políticas públicas más humanas, a reformas migratorias integrales y a un cambio real en la narrativa, porque mientras se siga hablando de migrantes solo en términos de control y seguridad, se seguirá ignorando su aporte humano, económico y cultural.

Diciembre, no solo cierra un año, abre una conversación urgente, la de un país que debe decidir si seguirá beneficiándose del trabajo migrante mientras niega derechos, o si finalmente reconocerá que la dignidad no depende de un estatus migratorio. En esa decisión se juega no solo el futuro de millones de personas migrantes, sino el carácter mismo de la sociedad estadounidense.

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