La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación nació como respuesta al sindicalismo de cuota. Frente al charrismo del SNTE —ese modelo de control corporativo que subordinaba a los maestros al partido y al gobierno a cambio de canonjías para la cúpula— la CNTE representó en 1979 una apuesta democrática real: organización desde abajo, representación auténtica, defensa gremial sin intermediarios corruptos. Esa fue su legitimidad de origen. En sus primeras décadas la Coordinadora protagonizó huelgas que sí tenían nombre y pliego concreto: salario, plazas, condiciones en las escuelas más pobres del país. La memoria de esas luchas todavía existe entre el magisterio que las vivió. Es lo que hace más visible, y más dolorosa, la distancia entre lo que la CNTE fue y lo que su dirigencia hace hoy.
Lo que ocurre en el Paseo de la Reforma no tiene ese linaje. A seis días del partido inaugural del Mundial 2026, con la Ciudad de México convertida en escaparate internacional ante la atención de medios de todo el planeta, la dirigencia coordinadora eligió el momento con precisión quirúrgica para colapsar la arteria central de la capital, derribar estatuas mundialistas instaladas para el evento y exigir una reunión directa con la presidenta que sus propios representantes ya tienen garantizada en las mesas formales de Gobernación y de la SEP. El calendario no es coincidencia, es el instrumento. Ningún movimiento laboral serio elige su momento de máxima disrupción en función del escaparate mediático del adversario; lo elige en función de su propia fuerza organizativa. Aquí el cálculo fue al revés, y eso lo dice todo.
El gobierno de Claudia Sheinbaum ha respondido con concesiones verificables: incrementos salariales reales al magisterio, mejoras en condiciones laborales y apertura de mesas de negociación permanentes que los gobiernos del PAN y del PRI nunca sostuvieron con esta disposición. La abrogación de la reforma educativa de 2013 —la que criminalizaba a los maestros y reducía la evaluación a un mecanismo de despido encubierto— fue el primer gesto estructural de la 4T hacia el magisterio organizado. Sheinbaum ha sido explícita en su posición: las demandas financieramente viables se atienden. Las que comprometen las finanzas públicas no las puede atender este gobierno, como no las atendió ningún gobierno anterior. Ese es el límite que toda administración responsable debe sostener sin importar el volumen del ruido en la calle.
La táctica de la dirigencia en este momento apunta a otro objetivo. Sheinbaum lo ha nombrado con precisión: provocación. Lo que se busca no es resolver el pliego laboral —para eso están abiertas las mesas— sino forzar una respuesta de fuerza que produzca imágenes de represión a días del torneo más visto del planeta. La lógica es de pinza: si el gobierno reprime, la CNTE gana el relato internacional y daña a la administración en el peor momento posible; si cede ante la presión de la calle, la CNTE gana el pliego sin negociación real. Los maestros encapuchados que aparecieron entre las filas del magisterio —señalados por la propia presidenta como elementos ajenos a la tradición histórica de la Coordinadora— son la evidencia más clara de que una parte de esta operación no viene del aula ni del salario.
Una dirigencia que nació para romper el control político sobre el magisterio y que hoy usa al magisterio como palanca de presión política ha recorrido el camino completo de la traición a sus propios fundamentos. La CNTE de 1979 enfrentaba a quienes ponían la agenda del poder por encima de los intereses de los maestros. La de 2026 hace exactamente eso, con distinto beneficiario y el mismo instrumento: trabajadores movilizados en nombre de una causa que en este momento sirve a otro fin. Los maestros que marchan de buena fe, los que salen porque sus salarios siguen siendo insuficientes y sus escuelas siguen siendo precarias, merecen una representación que no los convierta en fichas de un juego que ya no tiene nada que ver con el salario ni con el aula.
