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Ciudadanos del bosque de niebla

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Recibí la noticia de la caída de los árboles a altas horas de la noche; me llenó el estómago de agruras y los sueños de angustia. Lloré la muerte de esos sabios ancianos que llenaron la noche con sus gritos inaudibles. Pocos vecinos escucharon la desesperada llamada silenciosa y corrieron en su auxilio. Corrieron a pesar del chirrido del acero, la impuesta oscuridad y el retumbe de la tierra. Interpusieron su cuerpo entre los árboles y las sierras. Se abrazaron a los troncos a pesar del peligro. Los estoicos árboles no emitían ruido alguno pero chillaban las sierras, gritaban los vecinos, caían los troncos, tronaban las ramas… Por un momento, el alarido micorrícico pudo escucharse a kilómetros.

La noche de ese trágico lunes diecisiete de julio se convirtió en un martes con una atmósfera plagada de incredulidad. La ausencia de los árboles convirtió a la avenida Lázaro Cárdenas en no más que una estéril plancha de concreto, llena de ramas y astillas, aún pestilente de muerte y savia derramada. Pero quizá lo más impresionante fueron los muchos que le dedicaron sus lágrimas más gruesas y sinceras, que despertaron a altas horas de la madrugada, se organizaron y pusieron el mayor de sus esfuerzos en defender a los supervivientes. Es insólito y maravilloso. Es tan raro que es lógico preguntarse por la razón, cuestionarnos qué tienen esos árboles de especial para generar tan prodigioso ejemplo de ciudadanía.

Pienso que es porque, sin darnos cuenta, de tanto verlos una y otra vez en nuestros recorridos diarios, hemos terminado por guardarles afecto. Por años han sido nuestros silenciosos protectores, testigos de nuestra historia, fieles compañeros de nuestras aventuras y desventuras. Con el tiempo se han convertido en viejos amigos, símbolo y patrimonio de todos los xalapeños. Ni Blancanieves ni la Bella durmiente presenciaron jamás una muestra de amor tan real y genuina como de la que hoy somos partícipes. Descubrí algo hermoso el día que talaron los árboles de Lázaro Cárdenas: el comienzo de una metamorfosis y la consciencia de nuestra suerte.

Todo porque nos tocó la bella fortuna de vivir en Xalapa, ciudad de las flores y de la bruma, un pedacito de paraíso donde pueden observarse aves rapaces en las alturas, flores hermosas por doquier, murciélagos, mapaches juguetones y mil plantas prehistóricas brotando de la corteza de los árboles. Todo gracias a que nuestra urbe se encuentra inmersa en el bosque de niebla, un ecosistema muy raro, poco común en el mundo, que requiere de condiciones geográficas muy específicas para existir.

En toda la corteza terrestre, somos de las personas más afortunadas: de no haber nacido en la latitud y altitud correctas, no conoceríamos la neblina que cubre la ciudad en tardes invernales y no disfrutaríamos del mismo modo el café… Pero este cariño hacia el bosque no es exclusivo de los xalapeños, sino de todos aquellos habitantes de las ciudades circundadas por el bosque de niebla. Desde Xalapa hasta Acajete, de Teocelo hasta Chiconquiaco, hay tantas personas admiradas de los paisajes y criaturas que habitan el archipiélago del bosque de niebla.

Este amor compartido nos convierte a todos en Ciudadanos del bosque de niebla: personas enamoradas del chipi chipi que se sienten con responsabilidad, una que va más allá de una demarcación geopolítica o de la formalidad del Estado; es una responsabilidad para con el ecosistema que garantiza su supervivencia y la del resto de los habitantes del bosque.

Vivimos bajo el cobijo de un bosque que nos hermana no sólo entre coatepecanos y naolinqueños, xiqueños y banderillenses, sino también con las aves cantoras, las majestuosas hayas y los cariñosos tlacuaches. Compartimos la misma admiración por nuestra tierra pero también problemáticas similares; si seguimos intentando solucionarlas de forma aislada jamás llegaremos a ningún lado. Es tiempo de unirnos en nombre de la conservación del bosque y comenzar a vernos como metrópoli.

Con esto último no quiero decir que llenemos toda la región de edificios y avenidas, al contrario, la urbanización no es lo mismo que la metropolización. La urbanización implica simplemente la construcción de casas y edificios. Por otro lado, la metropolización busca la vinculación de las localidades de una región común para tomar decisiones de forma conjunta y generar estrategias coordinadas de solución sobre los problemas que conciernen a todos.

Una metropolización responsable cuenta con una adecuada planeación territorial, organiza los recursos y espacios para su correcto aprovechamiento, evita la urbanización de todo el territorio y mantiene la funcionalidad de todos sus componentes, como las zonas agrícolas, bosques o fuentes de agua.

Solo en conjunto, escuchándonos los unos a los otros, podremos encontrar las soluciones que todos buscamos por separado. Las ciudades de nuestra región cuentan con muchos ejemplos inspiradores de sustentabilidad y resiliencia: una ciudadanía ambientalmente culta, centros de investigación importantes, ejemplos de iniciativas políticas ambientales y un ecosistema único en el mundo entero. Tienen todo lo necesario para convertirse en el paradigma de metrópoli sustentable futurista, pero aún falta recorrer un largo camino y superar grandes desafíos.

No sólo la construcción de obras no planeadas, impulsadas por el inmediatismo, que perderán su vigencia con rapidez debido a su falta de visión a largo plazo, sino una cantidad colosal de problemas complejos e interconectados que fácilmente llevarían a cualquier ciudad a la catástrofe. Por suerte, las problemáticas de las ciudades del bosque de niebla, si bien son de difícil solución, aún se encuentran en un punto en el que pueden manejarse. Es justo el momento de las decisiones fundamentales.

Tenemos la oportunidad de elegir el devenir de nuestra historia: o hacemos de nuestra región una extensa plancha de concreto que funcione como sartén, donde nos cocinemos a fuego lento en las cada vez más calurosas tardes de verano, o comenzamos una metropolización responsable que vele por el bienestar de la población, la protección de nuestros bosques, las áreas verdes urbanas y la diversidad.

La vegetación y la humedad son dos viejas compañeras que se buscan entre sí, una no existe sin la otra. Si no llueve, la vegetación se seca; si no hay vegetación, las nubes solo pasan de largo. De garantizar la protección de nuestros bosques y áreas verdes, las ciudades de nuestra región pueden convertirse en refugio ante los eventos extremos que la ciencia pronostica y cuyos efectos ya experimentamos. En un mundo que no para de calentarse, sembremos árboles para refrescarnos en su sombra. En tiempos de sequía, sembremos árboles que llamen a la lluvia y la neblina. En tiempos de extinción y muerte, construyamos refugio para los nuestros, para todas las formas de vida que habitan el bosque de niebla.

Pero tampoco hay que olvidar que ante el cambio climático tenemos responsabilidades diferentes porque tenemos capacidades distintas. Por un lado, hay algunas personas con la capacidad de orquestar una campaña de reforestación de miles de árboles con un sólo llamado y, en otro momento, destruir en un instante un ecosistema que tardó en crearse siglos de delicada labor creativa de la naturaleza. Por otro lado, también hay quienes no tienen su sustento del día asegurado, que lidian con alguna enfermedad o simplemente con los devenires de su vida cotidiana; personas que, aunque comprenden la importancia del cuidado del ambiente, simplemente no pueden sacarse diez mil árboles de debajo de la manga.

Todos tenemos responsabilidades, pero no las mismas: A los tomadores de decisiones corresponde garantizarnos el futuro; a nosotros corresponde convertirnos en la sociedad que habita ese futuro, en un pueblo que ama y cuida a su tierra porque ama y cuida a los suyos.

El día que decidamos bañarnos en menos tiempo del usual, separar la basura adecuadamente o sembrar un árbol, no lo hagamos por culpa, queriendo salvar al mundo, no pongamos en nuestra espalda esa carga tan pesada. Hagámoslo con esperanza. Hagámoslo porque, como sociedad, estamos madurando y aprendiendo. Hagámoslo para enseñar a las infancias y a nuestras familias una muestra de ese futuro en el que la humanidad vive reconciliada.

Observo este fenómeno con esperanza, convencida de que vivimos en una época en la que el amor puede salvarnos. Mejoremos, cambiemos, no por miedo o por culpa, sino por las razones correctas. Convirtámonos en ciudadanos del bosque de niebla, personas que aman y respetan su tierra. Dediquémosle a esta tierra nuestro baile y nuestro canto, nuestro bosque se lo merece, nosotros lo merecemos. Exijamos a quien corresponda el mundo que soñamos, y comencemos la metamorfosis.

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