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Calderón: del aprendiz de traiciones al prócer de la injerencia

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Es Cosa Pública

Un repaso a la carrera de quien hizo de la traición un arte: primero a sus mentores, luego a su partido y finalmente a todo un país envolviéndose en la bandera de la “guerra al narcótico” mientras pide con nostalgia la mano dura de Washington. En su vida pública Felipe Calderón ha pasado de traicionar a sus propios aliados a coquetear con la idea de que Estados Unidos debió intervenir más en México. Su biografía no es la de un estadista, sino la de un trepador profesional que confundió el poder con la obediencia al amo extranjero. 

Felipe Calderón no nació traidor: se fue formando con paciencia y disciplina. Su primer ensayo fue dentro del Partido Acción Nacional, donde aprendió a subir no gracias a méritos propios, sino al viejo expediente de la intriga palaciega. Cuando Carlos Castillo Peraza, el último panista con formación intelectual, intentó darle coherencia al partido, Calderón fue uno de los primeros en tenderle alfombra de cizaña. No había espacio para la reflexión ni para la política con principios: Calderón representaba al ala pragmática, que sabía que la democracia podía esperar si había puestos de por medio. 

El PAN fue para él un laboratorio de puñaladas. Quienes lo recuerdan en esa etapa hablan de un joven con sonrisa apretada, dispuesto a alinearse con cualquiera que garantizara ascenso, aunque al día siguiente cambiara de camiseta. A Castillo Peraza lo abandonó con rapidez quirúrgica, lo mismo que haría con otros líderes panistas: primero los usa como escalera, luego los desecha como peldaños rotos. 

Habrá que recordar que su arribo a la presidencia tuvo que ser por la puerta trasera a las banderas del presidium de la Cámara de Diputados, el fraude elegante. Su carrera alcanzó la cima en 2006, cuando la presidencia de la República se definió en un conteo tan apretado como turbio. Calderón no ganó, pero tampoco perdió: se instaló en Los Pinos con la legitimidad agujereada y el país dividido en dos. Para compensar la falta de votos reales, recurrió a la fuerza bruta. De ahí nacería su “guerra al narcotráfico”, esa aventura patológica que vendió como cruzada moral pero que en realidad fue un pacto tácito: legitimar su gobierno con sangre y favorecer a una facción criminal sobre las otras. ¿Estaba el país preparado para esa guerra? No, ningún país está nunca preparado para una guerra intrafronteras ¿Tenía un plan integral? Tampoco. Lo único que había era la urgencia de demostrar que, aunque no había convencido en las urnas, podía convencer con los fusiles. 

Calderón convirtió a los soldados en policías improvisados y a las calles en campos de batalla. El resultado fue el esperado: decenas de miles de muertos, desapariciones, y un narco fortalecido que aprendió a sobrevivir bajo las luces de los reflectores militares. Calderón el “estadista” que convirtió al narco en franquicia. Lo que Calderón llamó “guerra” en realidad fue un programa de expansión del crimen organizado. La fragmentación de los cárteles, lejos de debilitarlos, los multiplicó. Como quien corta una serpiente de mil cabezas, el gobierno calderonista creó pequeños feudos criminales que se adaptaron como cucarachas a cada rincón del país. Y mientras tanto, Estados Unidos aplaudía, vendía armas y reforzaba su influencia en la agenda de seguridad mexicana. Aunque luego detuvieran y sentenciaran a su elogiado y premiado titular de Seguridad Pública, Genaro García Luna. 

Calderón no sólo militarizó la vida pública: institucionalizó el miedo. La seguridad se volvió excusa para todo: espionaje, corrupción, violaciones de derechos humanos. En su retórica, la patria estaba sitiada por los malos y sólo él, con un penoso y holgado uniforme prestado, podía salvarnos. Una parodia de Churchill con tequila en la mano y drones made in USA en el aire. Vocación de vendepatrias, nostalgia por el amo del norte. No sorprende que años después, ya sin cargos pero con mucho rencor, Calderón haya salido al extranjero a llorar por la falta de intervención de Estados Unidos en América Latina. 

En foros académicos, en España o en Washington, lanza su lamento como quien extraña al patrón que dejó de darle órdenes: “Ya no interviene Estados Unidos… el embajador ni dijo nada”, refiriéndose a la reciente reforma judicial. Traducido del calderonés al castellano: ¿Dónde están los gringos cuando uno los necesita para poner orden en este país de prietos revoltosos? Su comentario no es ingenuo, es coherente con toda su trayectoria: siempre vio a México como un socio menor, un Estado tutelado que debía rendir cuentas al norte. Con razón Sheinbaum lo llamó “vendepatrias”. Pero en realidad Calderón va más allá: es un nostálgico de la colonia, un hombre que se indigna cuando la metrópoli ya no envía virreyes. Y lo dice sin sonrojo, como si no supiera que la historia de México está marcada precisamente por resistir las invasiones del vecino poderoso. 

Su legado: un país roto y un expresidente itinerante. Hoy Calderón se pasea por universidades extranjeras dando lecciones de democracia, cuando su propio arribo a la presidencia fue cuestionado desde el primer día. Habla de Estado de derecho, pero fue el que lo dinamitó al confundir justicia con despliegue militar. Denuncia autoritarismos ajenos, pero gobernó con el Ejército en las calles y con la censura disfrazada de “seguridad nacional”. Su historia es un rosario de traiciones: a Castillo Peraza, su primer mentor, al que traicionó con disciplina de trepador. A su partido, que lo convirtió en presidente pero terminó repudiándolo por sus excesos. A su país, al hundirlo en una guerra inútil y abrir la puerta a la militarización que hoy seguimos padeciendo. Y ahora a la memoria histórica al pedir entre líneas que Estados Unidos vuelva a meter las manos en México, como si eso fuera un signo de modernidad. 

Al final del día es la caricatura del traidor. La historia de Calderón no es la de un hombre de Estado, sino la de un oportunista con ínfulas de cruzado. Su paso por la presidencia dejó tumbas no soluciones, más soldados que jueces, más balas que leyes. Y ahora, convertido en comentarista itinerante, exhibe lo que siempre fue: un político sin proyecto propio, cuya brújula apunta siempre hacia el norte, esperando instrucciones. Si hubiera un manual de traiciones, Calderón tendría varios capítulos reservados. Traicionó a sus maestros, a sus aliados y a su pueblo. El único pacto que nunca rompió fue con su propio ego y con la idea de que México no puede caminar solo sin la tutela extranjera. Esa es su verdadera confesión. Y el chiste se cuenta sólo: alguien que presumía defender a la patria terminó rogando que viniera el vecino a salvarnos de nosotros mismos.

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