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La Agencia y sus costumbres

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Hay un detalle en el caso Chihuahua que, aunque fue señalado por la presidenta en la mañanera, no ha recibido la misma atención en buena parte de la prensa: la participación de agentes de la CIA en el operativo. No llegaron de Washington en ese momento. Forman parte de una lógica de cooperación que lleva años instalada. Chihuahua no fue una anomalía. Fue una operación que salió mal y quedó expuesta.

La historia de esa relación tiene nombre y fecha: en 2006, Felipe Calderón declaró la guerra a los cárteles y recurrió a Washington en busca de apoyo. Un año después se establecieron mecanismos de inteligencia compartida en Ciudad de México y Monterrey, inspirados en modelos utilizados por Estados Unidos en otros contextos. Lo que hoy se presenta como colaboración excepcional lleva casi veinte años de instalación silenciosa.

No es casual que haya germinado bajo Calderón, el presidente panista que abrió las puertas del país a una lógica de seguridad que desplazó soberanía por resultados. Los agentes no eran presencia nueva. La opacidad en la cooperación en seguridad ha dejado, durante años, zonas que nunca han sido plenamente explicadas. Agentes que entran como turistas, sin acreditación, sin reporte, sin conocimiento del gobierno federal.

¿Qué exactamente están haciendo, además de perseguir narcolaboratorios? La CIA tiene un historial en América Latina que no admite ingenuidad. Documentos desclasificados confirman su participación en el golpe de 1973 contra Allende en Chile. En Argentina, el entonces director de la CIA informó al presidente Ford sobre el golpe de 1976 casi dos semanas antes de que ocurriera. No son episodios aislados. Son la metodología documentada de una agencia que opera bajo la premisa de que los gobiernos latinoamericanos de izquierda representan una amenaza que justifica la intervención.

México tiene hoy un gobierno de izquierda con mayoría parlamentaria y una política exterior que se niega a subordinarse a la agenda de Trump. Y enfrenta un esquema de cooperación en seguridad cuya opacidad no ha sido plenamente esclarecida. Llamarlo conspiración sería prematuro. Llamarlo coincidencia sería ingenuo.

Lo que los hechos permiten afirmar es esto: la CIA no opera en México por amor a la soberanía mexicana. Opera porque tiene intereses, porque tiene capacidades, porque encuentra condiciones que lo permiten. La muerte de dos agentes en un barranco de la Sierra Tarahumara no fue el inicio de la historia. Fue el momento en que la historia dejó de ser invisible.

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