- Advertisement -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

Chile y el regreso del orden reaccionario

ECP

El triunfo de la derecha en Chile no es un accidente electoral: es la cristalización de un proceso regional donde el desorden económico, la inseguridad y el desgaste de los progresismos han sido hábilmente explotados por fuerzas conservadoras que ya operan como un bloque coordinado. Lo que ocurrió en Chile —derecha radical capturando el voto pobre y derecha moderada imponiéndose en las ciudades— revela un fenómeno profundo: el colapso del vínculo entre la izquierda institucional y las mayorías precarizadas.

Boric llegó con un mandato generacional y terminó atrapado por la realidad: un Estado debilitado, violencia en ascenso, migración descontrolada, inflación, un Congreso adverso y la imposibilidad de reformar el modelo heredado de Pinochet. El fracaso constitucional selló la herida. La izquierda chilena quedó sin proyecto, sin épica y sin narrativa. En ese vacío, los republicanos de Kast ocuparon el terreno con la fórmula global de la ultraderecha: miedo, enemigo interno, caos moral y un supuesto regreso al orden que nunca existió.

El voto popular hacia la derecha radical no se explica solo por manipulación mediática. Es la consecuencia directa de 40 años de neoliberalismo sin contrapesos, donde la izquierda administró la desigualdad en lugar de desmontarla. Cuando la vida cotidiana se vuelve insegura, cuando el salario real cae y cuando las élites progresistas parecen más preocupadas por debates simbólicos que por la supervivencia diaria, el electorado más vulnerable migra hacia quien promete control inmediato, aunque sea mentira. Eso ocurrió con Trump en EE.UU., con Bolsonaro en Brasil, con Milei en Argentina y ahora con Kast en Chile.

Pero el giro chileno no es solo doméstico: tiene una lectura geopolítica evidente. Estados Unidos vive una crisis interna profunda —polarización, declive económico relativo, fractura social— que lo lleva a reactivar su vieja doctrina hemisférica: asegurar el Cono Sur como zona de influencia estratégica. Ya no necesita golpes militares ni juntas represivas; la intervención del siglo XXI es corporativa, financiera, mediática y securitaria. Es la versión “light” de los 70: sin tanques, pero con think tanks, fondos internacionales, redes digitales y pactos policiales.

Los casos de Milei y Noboa no dejan dudas. Argentina fue alineada a una velocidad récord con la agenda estadounidense e israelí: privatización total, subordinación militar, apoyo irrestricto a Washington y ruptura de consensos regionales. Noboa convirtió Ecuador en un laboratorio de “mano dura” financiado por agencias de seguridad norteamericanas. Chile es el siguiente objetivo lógico: estabilidad institucional, economía abierta, clase media frustrada y un progresismo debilitado.

¿Es exagerado hablar de una nueva intervención estadounidense? No. Es simplemente una intervención adaptada al siglo XXI:
– se articula desde los mercados, no desde los cuarteles;
– opera a través de la seguridad, no de la guerra fría;
– moldea elecciones mediante miedo y algoritmos, no mediante dictaduras explícitas;
– busca gobiernos obedientes, no necesariamente autoritarios, pero sí disciplinados.

Y la derecha chilena —moderada o radical— es perfectamente funcional a esa estrategia. Su narrativa de orden, su demonización de la protesta social, su desconfianza hacia cualquier soberanía económica y su afinidad natural con la agenda de seguridad estadounidense la convierten en un socio ideal para el reordenamiento hemisférico.

El Cono Sur está, nuevamente, en una encrucijada. Brasil resiste parcialmente; México mantiene su autonomía relativa; Colombia pelea por no caer en el guión. Pero Argentina, Ecuador y ahora Chile empujan hacia una restauración conservadora que, bajo diferentes máscaras, reproduce la matriz de dependencia de los años 70. Lo que entonces se hizo con dictaduras hoy se hace con democracias fatigadas y sociedades asustadas.

La izquierda regional enfrenta un desafío existencial: recuperar el sentido de protección social, construir seguridad sin militarismo, ofrecer estabilidad sin renunciar a la justicia y reconstruir credibilidad frente a un electorado agotado por promesas incumplidas. Si no logra hacerlo, el ciclo reaccionario puede durar más de una década.

Chile no eligió sólo un gobierno: eligió un clima político, una sensación de orden inmediato en un continente cansado. Pero ese orden tiene dueño, tiene dirección y tiene precio. El riesgo es claro: que el Cono Sur vuelva a alinearse con Washington no por convicción, sino por inercia, miedo y descomposición interna. Y que la historia de los 70 regrese, no con tanques, sino con tratados, deuda, propaganda y presidentes dóciles.


¡La Jornada Veracruz ya está en WhatsApp! 📲

Únete a nuestro canal e infórmate de todo lo que sucede en Veracruz y en el país, directo a la palma de tu mano.