Ya entrados en el primer cuarto del siglo XXI, a varios años de la publicación de Francois Lyotard sobre la caída de los grandes relatos, entre ellos la Universidad, y de la publicación del Seminario de Jaques Lacan «El reverso del psicoanálisis», particularmente la ubicación del discurso universitario como uno de los 4 en que se incluye al del analista, es difícil pensar la universidad contemporánea, como una que se juega en el filón de la inclusión de saberes en toda su diversidad posible. Sobre todo por su alineación con el neoliberalismo acentuado durante los casi 50 años pasados. Y en consecuencia, su sometimiento a epistemologías familiarizadas con una «ciencia neoliberal» histérica y excluyente de cualquier intento riguroso y sistemático de reconocer el mundo.
Ajena a discusiones de esta índole académica, hoy, muy cerca, casi en la nariz, se juega la sucesión de poderes fácticos para el control político de la Universidad Veracruzana, todo en el interior de un mismo barril ya desfondado por la erosión forzada y excluyente impuesta durante los 50 años pasados.
Se trata de lo mismo, del barril desfondado, con actores conservadores, liberales, neoliberales, cercanos al progresismo de moda, de linajes, derivados o herederos de una concepción moderna de lo universitario, que Kant, Ortega y Gasset, Nietzsche, Heidegger y Derrida, entre otros, ya cuestionaban, desde sus respectivos contextos y de su preocupación que ésta llegara a donde hoy la vemos ejemplificada en la Universidad Veracruzana, transparentemente a punto de ser totalmente desfondada.
Argumentada desde lo leguleyo, la sucesión rectoril transita sin preguntarse ¿Y quiénes somos, a estas alturas del siglo XXI, los, las y les que se debaten, en la reproducción de más de lo mismo? ¿Sin abordar las preguntas fundamentales del futuro de la Universidad? ¿Más allá del control y el poder utilizando tecnologías ya instaladas en el transcurso de los 50 años pasados?
¿Seguiremos jugando con las desgastadas interpretaciones que tenemos de libertad académica, autonomía, democracia, soberanía, pluralidad, interculturalidad, y otras desgastadas adecuaciones que de facto nos han llevado al lugar en que nos encontramos?
En el cierre de la carta que suscriben tres ex rectores recientes respecto al riesgo inminente de desfondamiento, concluyen con una frase que puede interpretarse como una afirmación: que durante muchos años de gestión (32 años), la Universidad Veracruzana se mantuvo en un principio de autonomía y que en este cuatrienio por concluir, esta condición se ha violentado y/o es de dudosa aplicación y defensa… ¡increíble!, como si el no ser objeto de rumores —o certezas— de un recorrer los pasillos discretos del palacio de gobierno periódicamente fuera indicativo de congruencia autonómica frente al Estado.
Estamos frente a interpretaciones que, leguleyamente, han jugado como el agar de perversas tomas de decisión, que hoy son llevadas a extremos insospechados, como se observa en la sucesión rectoril y que agita lo agitable de quienes están interesados en navegar en el mar de «lo mismo».
No hace mucho G. Agamben escribía una carta —en prospectiva— del adiós a los estudiantes contemporáneos, desde los contextos donde él habita, mirando lo por venir en los próximos años, y como la desaparición de estos actores clave en lo que ahora nos representamos como universidad y el lazo pedagógico. Y casi al mismo tiempo, M. Perres nos convoca, en su reflexión «Pulgarcita», parafraseando el milagro ocurrido en la ejecución de San Denis, en París, cuando nos comparte algunas ideas de lo que ve venir con la supremacía que se promueve en el uso de la inteligencia artificial (IA) en la esfera de la enseñanza… ¿Existen contrariedades parecidas entre los entusiasmados por defender la universidad que vivimos y la que está por venir, para salvar la caída y construir desde los márgenes del discurso actual la estructura de la universidad del Siglo XXI?
De cualquier forma, los ciudadanos «de a pie» la veremos hundirse en el mismo barril, ese muy similar al utilizado por la inquisición en el medievo, en el cual se sometían a prueba de ejercer brujería a las mujeres no gratas a las élites y pueblo, donde atadas de pierna derecha y brazo izquierdo e izquierda con brazo derecho, eran arrojadas en un gran barril con agua, debiendo demostrar la veracidad o falsedad de sus prácticas rituales… Si se ahogaban, entonces no eran brujas, pero si sobrevivían a la prueba, sí lo eran y se les conducía a la hoguera.
La caída ya es inevitable, y la construcción de la postuniversidad aún inconcebible para la comunidad en su conjunto. Definirse ante lo que hoy se privilegia y por lo que se han instalado los juegos y tecnologías de poder en disputa, no cambiará nada relevante que sostenga la posibilidad de pensar el porvenir de la universidad, solo alternancia de ideologías frente al ejercicio de una variante de ellas.
Desmarcarse y entrar en una discusión y participación crítica de todo ello, incluyendo las demandas y necesidades urgentes y emergentes que interpelen y desinstalen prácticas de privilegios mezquinos de una sobrevivencia endogámica quizá valga la pena:
- Estableciendo candados morales o éticos a lo imposible de escribir como enunciado legal, y que hoy pueden permitir el abuso injusto en la toma de decisiones de una cofradía que aprovecha el discurso demócrata para argumentar injusticias y abusos o corrupción en el ejercicio de una democracia meramente administrativa.
- Reordenando prospectivamente la escala de valores autorizada y con la cual se opera, de modo que se imposibiliten formas de violencia institucionalizada y se posibilite una visión de futuro consensuada.
- Actualizando, de acuerdo a los contextos actuales, el significado de conceptos como autonomía, democracia, soberanía, derechos humanos, desempeño laboral y profesional y otros que soportan el andamiaje legal de una Universidad en picada y que imposibilitan el pasaje a la práctica de una postuniversidad plenamente incluyente.
- Gestionando la autocrítica, que desinstala las prácticas sustantivas que deterioran la exploración de las didácticas por venir, y el compromiso docente.
En fin, todo aquello que ha dejado de pensarse para una constante vitalización de los lazos sociales enseñantes/educandos.
Quizá esa actitud hable un poco mejor de nosotros mismos.




