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Trump y la mutación fascista: cómo se vacía una democracia sin abolirla

Donald Trump no representa un regreso literal al fascismo del siglo XX. Representa algo más adaptado y, por ello, más peligroso: una evolución fascista compatible con la democracia formal, una forma de protofascismo cultural e institucional que no necesita destruir el sistema desde fuera, sino vaciarlo desde dentro. Su proyecto no requiere camisas negras ni partido único. Requiere algo más eficaz: la erosión progresiva de la conciencia democrática.

Trump no necesita abolir elecciones: le basta con deslegitimarlas. Desde antes de perder en 2020, instaló la idea de que cualquier derrota sólo podía explicarse por fraude. No presentó pruebas, pero sí repitió la acusación hasta convertirla en creencia identitaria. El asalto al Capitolio no fue una anomalía: fue la consecuencia lógica de un discurso que enseñó a millones que el voto deja de ser válido cuando contradice al líder. Cuando las elecciones dejan de ser aceptadas como mecanismo legítimo para perder, la democracia se convierte en un campo de batalla emocional.

Trump tampoco necesita censurar formalmente: le basta con envenenar la percepción. Al llamar “enemiga del pueblo” a la prensa, al desacreditar jueces, universidades y científicos, no prohibió la información: la volvió sospechosa. En ese terreno, la verdad deja de depender de hechos verificables y pasa a depender de la identidad política. No importa qué ocurrió, sino quién lo dice. Esta sustitución de la realidad por lealtades emocionales es una de las marcas del fascismo contemporáneo.

Tampoco necesita una dictadura explícita: le basta con erosionar la conciencia democrática. Trump normaliza la idea de que las reglas son opcionales, que la ley es válida sólo cuando beneficia al líder y que la violencia puede ser justificada si proviene “de los nuestros”. El Estado de derecho no es abolido; es relativizado. Se trata de un proyecto abiertamente illiberal: mantiene las apariencias de la democracia –elecciones y legalidad formal– pero vacía su contenido al subordinar la ley, rechazar los contrapesos y sustituir derechos universales por lealtad al líder o a una identidad política.

La eficacia de este modelo se explica por la erosión real de la conciencia democrática estadounidense. No se trata de una democracia colapsada, sino de una democracia fracturada: una parte significativa de la sociedad ya no acepta el voto como árbitro legítimo cuando pierde, relativiza la ley, desconfía de las instituciones y concibe al adversario político como enemigo moral. El pluralismo dejó de ser un valor compartido y fue sustituido por identidades cerradas y emociones movilizadas por el miedo.

Esta fractura política se asienta en una crisis social profunda. Décadas de desindustrialización, desigualdad extrema, endeudamiento masivo y precarización laboral rompieron el pacto social. Millones viven con la certeza de que el trabajo ya no garantiza dignidad ni futuro, mientras observan un sistema capaz de rescatar bancos y corporaciones, pero incapaz de garantizar vivienda, salud o estabilidad.

En ese paisaje emerge la epidemia de fentanilo como síntoma extremo de autodestrucción social. No es sólo una crisis sanitaria ni un problema criminal: es la expresión de una sociedad exhausta que busca anestesia. La secuencia es estructural: precariedad, prescripción masiva de opioides legales, adicción inducida y salto a opioides sintéticos letales. El sistema privatizó la ganancia y socializó la ruina. La normalización de decenas de miles de muertes anuales revela hasta qué punto la vida de los sectores descartables perdió valor público.

A diferencia del fascismo clásico, el trumpismo no enfrenta al gran capital: lo protege. No es corporativista ni estatista, sino plutocrático. Moviliza el malestar social en favor de las élites económicas y sustituye proyecto por culto personal. Trump no crea este malestar: lo capitaliza. No propone sanar una sociedad rota; propone enemigos. Por eso no necesita proclamarse fascista. Opera como tal cuando una sociedad acepta que perder elecciones es opcional, que la verdad es relativa y que la ley es negociable. Cuando eso ocurre, es que el fascismo está en marcha.

* Es Cosa Pública

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