Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard/Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas AMEXCAN Inc.
Hay cosas que ni la distancia ni el miedo logran romper como lo son la canción que una abuela tararea en la cocina, la ofrenda que se arma con manos temblorosas cada noviembre, la receta que se transmite con pequeñas correcciones y un par de secretos susurrados, para las comunidades migrantes en Estados Unidos, esas pequeñas ceremonias son más que nostalgia, son el pegamento que mantiene unidas a familias y barrios cuando afuera soplan vientos inciertos.
Vivimos tiempos difíciles; las políticas fluctúan, las noticias polarizan y muchas familias migrantes enfrentan inseguridad laboral, problemas de estatus migratorio y aislamiento social, en ese contexto, mantener vivas las prácticas culturales, como fiestas, rituales, lenguas, comidas, no es un lujo sino una estrategia de resistencia y cohesión. La cultura crea espacios de encuentro donde se comparten información, se tejen redes de apoyo y se transmiten valores que sostienen a nuevas generaciones, cuando una comunidad celebra junta, se reconoce; y al reconocerse, se fortalece.
Organizaciones como AMEXCAN entienden esa verdad con claridad práctica, a través de eventos como el Festival Latino y las celebraciones del Día de Muertos, AMEXCAN no solo ofrece entretenimiento, crea plataformas donde las familias se reúnen, los artistas locales encuentran audiencia y los niños aprenden que su herencia tiene valor público. Es en esos festivales donde se cruzan servicios sociales, voluntariado y sentido de pertenencia; donde una charla sobre derechos laborales puede ir seguida de una danza, y donde la comida compartida rompe barreras de desconfianza, ese trabajo, organizar, acompañar y mostrar cultura, es un acto comunitario que protege frente al aislamiento.
Las cifras ayudan a dimensionar por qué esto importa, en 2023, según cifras del Migration Policy Institute, había cerca de 47.8 millones de inmigrantes residiendo en Estados Unidos, es decir, una parte significativa del tejido social y económico del país; mientras que en Carolina del Norte, el fenómeno también es notorio, según estimaciones recientes del American Community Survey, el estado alberga alrededor de 1,003,467 residentes nacidos en el extranjero, casi el 10% de la población del estado, por lo tanto, ese crecimiento demográfico convierte a nuestras celebraciones y redes comunitarias en recursos estratégicos para la integración.
Preservar cultura en el extranjero no significa quedarse anclado en el pasado ni rechazar la adaptación, al contrario, implica elegir conscientemente qué transmitir y cómo adaptarlo para que sirva a las realidades presentes. Un altar del Día de Muertos en Raleigh puede convivir con un proyecto de aprendizaje del inglés; una comparsa en Charlotte puede abrir la puerta a conversaciones sobre derechos de salud; es la cultura la que facilita el tránsito entre mundos, la tradición alimenta la identidad, y la identidad facilita la participación cívica y el acceso a recursos.
Hay además un aspecto generacional que no debemos subestimar, para los jóvenes de segunda generación, la cultura familiar puede ser el puente que liga el orgullo con la esperanza. Cuando un niño ve valorada su música, su idioma o su comida en un festival comunitario, aprende que no tiene que renunciar para pertenecer, eso reduce la alienación y fortalece la autoestima, ingredientes esenciales para que luego esos jóvenes sean líderes comunitarios, emprendedores o defensores de derechos.
Pero la preservación cultural no depende únicamente de ONG o festivales, comienza en los hogares, esas conversaciones en la mesa, las historias contadas al dormir, las canciones en voz baja mientras se prepara la comida, las fechas que se recuerdan y se celebran, todo eso forma el archivo vivo de una comunidad. Por eso el llamado es doble, a las organizaciones para que lleven a cabo espacios inclusivos y accesibles; y a las familias migrantes, para que sigan siendo guardianas de su memoria y su cultura.
Hoy más que nunca, mantenernos unidos pasa por mantener vivas nuestras costumbres, no como un acto de resistencia romántica, sino como una política cotidiana de supervivencia emocional y social; que las peregrinaciones, los altares, las ferias de barrio y las mesas compartidas no se vean como meras celebraciones, sino como dispositivos de protección comunitaria, una forma de cuidarnos, de enseñarnos, de mantenernos firmes cuando todo lo demás tiembla.
Desde los hogares migrantes en Charlotte, en Wilson, en Raleigh, en cada colonia donde late una cocina con olor a canela, se escribe la historia que no aparece en los titulares; que se siga escribiendo con canciones, recetas y ofrendas, que se siga reuniendo la gente en plazas y salones para recordar juntos quiénes somos. Al final, preservar la cultura es preservar la comunidad misma y en tiempos difíciles, eso es un acto de valentía y amor.






