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Ser joven en los años setenta y ser joven en 2026: transformaciones de la amistad, el encuentro y la vida en común

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Por Luz Colula-León.

Ser joven nunca ha sido una experiencia estática. Aunque la juventud suele asociarse con libertad, descubrimiento y construcción de identidad, las condiciones sociales que la rodean cambian radicalmente con el tiempo. Comparar la experiencia de quienes fueron jóvenes en los años setenta con la de quienes lo somos en 2026 revela una transformación profunda en la manera de vincularse, de hacer amistades, de confiar en los otros y de construir comunidad.

Esta reflexión surge de observar las historias de vida de personas cercanas a mí —mi esposo, mis amigas mayores y mis contemporáneas— y de contrastarlas con mi propia experiencia. A través de estas miradas se hace evidente que el cambio no es solo tecnológico, sino social, cultural y afectivo.

La juventud en los años setenta: presencia, comunidad y confianza

Mi esposo vivió su juventud en los años setenta, una época en la que la socialización estaba inevitablemente ligada a la presencia física. Para conocer personas era necesario acudir a los espacios donde estas se encontraban: facultades, cafés, plazas, reuniones culturales. No existían los teléfonos celulares ni las redes sociales; el encuentro dependía del cuerpo, de la palabra y del tiempo compartido.

Él visitaba la FCPyS UNAM sin estar formalmente inscrito en ninguna carrera. Iba por interés, por curiosidad intelectual y, sin proponérselo, ahí conoció a la madre de sus hijos y a amistades que conserva hasta el día de hoy. El espacio universitario funcionaba no solo como un lugar de formación académica, sino como un núcleo de vida social, de intercambio de ideas y de construcción de vínculos duraderos.

Las amistades que se formaban en ese contexto tendían a ser profundas. No porque las personas fueran necesariamente “mejores”, sino porque las condiciones sociales favorecían la convivencia prolongada, la conversación extensa y el conflicto cara a cara. Las habilidades sociales se afinaban por necesidad: había que saber hablar, escuchar, argumentar, observar al otro.

Viajar, confiar, exponerse: un mundo menos blindado

Algo similar aparece en el relato de mi amiga Laura, hoy de 69 años. Cuando tenía alrededor de veinte, viajó con dos amigas por carretera pidiendo aventones. Lo cuenta sin dramatismo: llegaron sanas y salvas, no vivieron situaciones de peligro y recuerdan el viaje como una experiencia de libertad, aventura y confianza.

Este tipo de relatos hoy resultan casi impensables. No solo por el aumento real de la violencia en muchos contextos, sino por un cambio profundo en la percepción del riesgo. Ulrich Beck, en su teoría de la “sociedad del riesgo”, explica cómo las sociedades contemporáneas viven bajo una constante anticipación del peligro, lo que transforma la manera de habitar el mundo y de relacionarse con los otros.

En los años setenta existía una mayor confianza social, una idea —quizá ingenua, pero efectiva— de que el otro no era necesariamente una amenaza. Esa confianza facilitaba el encuentro, el viaje, la aventura compartida y la creación de lazos significativos.

Ser joven en 2026: conectados, pero solos

Cuando hablo con personas de mi generación, el contraste es evidente. En una conversación con mi amiga Alexandra —ella de 27 años y yo de 28— coincidimos en una experiencia que parece cada vez más común: ninguna de las dos hizo muchas amistades profundas en la universidad. Ella estudió contaduría, yo derecho. Pasamos años asistiendo a clases, compartiendo espacios académicos, pero sin construir vínculos duraderos.

Tampoco encontramos pareja en ese entorno, algo que para generaciones anteriores era frecuente. La universidad dejó de ser un espacio privilegiado de socialización afectiva para convertirse, en muchos casos, en un lugar de tránsito funcional: se va, se cumple, se regresa a casa.

Paradójicamente, vivimos hiperconectadas. Tenemos acceso constante a redes sociales, mensajería instantánea y plataformas digitales. Sin embargo, como señala Sherry Turkle en Alone Together, esta hiperconexión no necesariamente produce intimidad. Al contrario, muchas veces genera vínculos frágiles, superficiales y fácilmente reemplazables.

La fragilidad de los lazos en la modernidad tardía

Zygmunt Bauman describió este fenómeno como “modernidad líquida”: relaciones flexibles, cambiantes, poco comprometidas. En este contexto, la amistad y el amor se vuelven más difíciles de sostener en el tiempo. La lógica del consumo —rapidez, sustitución, eficiencia— se filtra en la vida afectiva.

Robert Putnam, en Bowling Alone, documenta cómo en las últimas décadas ha disminuido la participación en asociaciones, clubes y espacios comunitarios, lo que debilita el capital social. Aunque su estudio se centra en Estados Unidos, sus conclusiones son aplicables a muchas sociedades contemporáneas, incluida la mexicana.

La juventud actual enfrenta además jornadas laborales extensas, precarización económica, inseguridad y una cultura del rendimiento permanente. Todo ello reduce el tiempo y la energía disponibles para cultivar relaciones profundas.

No es nostalgia, es diagnóstico

Comparar estas dos experiencias de juventud no busca idealizar el pasado ni condenar el presente. Cada época tiene sus luces y sus sombras. Las generaciones anteriores vivieron exclusiones, desigualdades y silencios que hoy ya no serían aceptables. La juventud actual, por su parte, goza de mayores libertades individuales y acceso a información.

Sin embargo, reconocer lo que se ha perdido —la profundidad de los vínculos, la confianza social, el valor del encuentro— es un primer paso para preguntarnos qué tipo de comunidad queremos reconstruir.

Tal vez ser joven en 2026 implique reaprender algo que parecía obvio en los setenta: que la amistad, el amor y la vida en común requieren tiempo, presencia y vulnerabilidad. Y que ninguna tecnología puede sustituir del todo el simple acto de estar con otros.