De izquierda a derecha aparecen Daniel Sada +, Rafael Ramírez Heredia +, Rodrigo Moya+, David Martín del Campo, Lorenzo León, Marco Aurelio Carballo+, Hernán Lara Zavala +, Roberto Bravo, (desconocido), Eduardo Mendoza, Gerardo de la Torre+ y Bernardo Ruiz.
“Una presencia ausente” denomina Roland Barthes la sensación que nos producen algunas fotografías, pues es la captura de un instante que ya no existe y, por lo tanto, una asociación con la muerte. A esta sensación el filósofo de la imagen la nombró “Punctum”: evidencia de que algo ha existido.
Y ahora, que los taches en el pie de foto van avanzando e indican, sí, un descuento, pero también una cruz latina (el símbolo crístico de la desaparición), la lectura de la foto le corresponde a uno con el calos-frio (agua quemada): la inquietante certeza de ser parte, “in progress”, de un panteón o una especie analógica (en revelación química bajo luz roja de seguridad) que a tiempo que manifiesta (la imagen) la borra.
Así es que todos los escritores de rostros y cuerpos relajados en el festejo —la excitación de la unión en el arco que reproduce una sonrisa—, salieron a la calle para la foto, levantándose de su gran mesa en La Bodega, restaurante emblemático de la avenida Amsterdam, donde cada mes se reunían en una celebración de su arte, junta etílica que recreó amistades y produjo nuevos encuentros entre personalidades dedicadas al furor del cuento, la novela y el ensayo.
Unos ya eran célebres: Ramírez Heredía, que ganó un concurso internacional con su libro El rayo Macoy, o Gerardo de la Torre, temible con sus temas callejeros, como el famoso El vengador, proletario militante comunista y violador; Hernán Lara Zavala, importante funcionario cultural de la UNAM y ya renombrado como el cuentista más sofisticado con su Ziltechén; Marco Aurelio Carballo, muy requerido por los poderosos por su trabajo destacado como jefe de información de la emblemática Siempre!
Y, en ese entonces, los más jóvenes: Daniel Sada, ya un escritor internacional por su poderoso y complejo estilo de prosa rimada; David Martín del Campo, activísimo, quien acumulaba novelas como quien ordena en una servilleta tortillas; Bernardo Ruiz, culto y extraordinario cuentista, siempre en su “esclavitud” oficinesca; Eduardo Mendoza, energético como quien vive en un gimnasio; y yo, allí me sorprendo al encontrarme en esa foto que no conocía, pero que aparece ahora, en el suplemento Laberinto de mi esforzado amigo José Luis Martínez, con la triste oportunidad del obituario de Rodrigo Moya (1934-2025).
En el momento de esa fotografía (1987) Rodrigo Moya aún no se manifestaba como el creador literario que era, y que nos sorprendería unos años después cuando ganó el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí con su libro Cuentos para leer junto al mar (1997).
En el tiempo de las reuniones de La Bodega, todos sabíamos de su celebridad como fotógrafo, de su fama como empresario periodístico con la exitosa revista Técnica Pesquera y todos disfrutábamos de su bonhomía, su cultura y sus experiencias que compartía en charlas chispeantes.
Ahora cantidad de sus colegas fotógrafos escriben sobre sus andanzas y su marca indeleble en la historia de este arte analógico, pues él fue maestro del periodismo antiguo.
En esta ocasión me interesa destacar la originalidad de su pluma, más que de su lente, pues cuando leí su libro quedó resonando en mí un cuento en especial, conseguido con gran maestría, pues es naturaleza genérica de la “short history” que el tema trascienda sus limitaciones materiales y quede resonando en nuestra imaginación como el sonido metálico de una campana.
Y lo resumo rápidamente aquí: Un hombre llega al carnaval de Veracruz, se hospeda y sale a disfrutar de esa histriónica fiesta. Se encuentra con una chica clásica, delgada, morena, de fina belleza jarocha, y se enlazan en una conversación alcoholizada.
Ya están pronto entrando a la habitación del hombre en el hotel. Y, ya dispuestos para las acciones previsibles, ella resulta, en sincera confesión, que no es ella, sino él. Primera sorpresa… pero ¡cómo, si es tan femenina!
Entonces, después de la desagradable sorpresa, ella-él lo empieza a convencer de que no pierde nada con probar una nueva experiencia y el hombre va cediendo, en una ensoñación que, ya que acepta y la chica-chico, preparándose para el asalto, entra al baño a orinar como lógica antelación a lo que vendrá, el hombre, al oír el chorro cantinero en la taza, ¡despierta! y despide al jovencito.
Una historia de esas que se cuentan en la cantina y terminan con una carcajada.
