El dolor de una madre que alza la voz en un acto público, como Rogelia Jiménez Sandoval al exigir justicia por su hijo desaparecido Sergio Molina Jiménez, debería sacudir la conciencia colectiva. Pero en Veracruz, la indignación se ha vuelto rutina. Cada nueva tragedia se pierde entre declaraciones y promesas. Y mientras el Estado insiste en más policías y más patrullas, olvida que la violencia no solo se combate: se previene educando. Lo que hoy vivimos no es solo una crisis de seguridad, sino una crisis moral y cívica que se incubó durante años de abandono educativo y desintegración social.
Durante el periodo neoliberal se relegó la educación cívica y ética al último rincón del aula. Se sustituyó la formación ciudadana por la instrucción técnica; el aprendizaje del respeto y la solidaridad por la competencia individual. Se enseñó a producir, no a convivir. Y de ese vaciamiento surgió una sociedad donde el éxito personal justificó la indiferencia, donde la violencia dejó de escandalizar. No hay patrulla capaz de reparar lo que la escuela y la familia dejaron de enseñar. La seguridad no puede ser solo una política de control: debe ser un proyecto de reconstrucción del tejido social.
Veracruz necesita una política de educación cívica integral, transversal, sostenida y moderna. No una materia olvidada, sino una cultura viva. El civismo debe volver a las aulas, a los medios, a las calles. Es urgente retomar el valor de la palabra, del respeto, de la empatía. Hacen falta folletos, cápsulas de radio, videos, debates públicos, materiales que hagan del civismo un tema cotidiano. La educación en valores no es un lujo; es una política de seguridad preventiva.
La violencia no comienza con un crimen: comienza mucho antes, en la indiferencia, en la burla del otro, en la impunidad aprendida desde la infancia. Se alimenta de la desconfianza y la descomposición del vínculo social. Revertirlo requiere pedagogía, no solo castigo. El caso de Sergio Molina no es un hecho aislado: es el síntoma de un país que perdió el respeto por la vida. Recuperarlo exige una revolución educativa y cultural, no un operativo militar.
Veracruz tiene las condiciones para iniciar esa transformación: universidades, radios comunitarias, colectivos culturales, maestros comprometidos. Si el Estado los convoca y les da herramientas, puede articular una red de educación cívica participativa que llegue a todos los rincones. El civismo no se enseña sólo en el aula: se aprende en el ejemplo, en la palabra pública, en la solidaridad concreta.
La paz no se impone: se aprende, se practica, se transmite. Los gobiernos pueden capturar delincuentes, pero sólo la educación puede formar ciudadanos. Recuperar el civismo no es nostalgia: es supervivencia. Si Veracruz quiere salir del círculo de violencia, debe invertir más en conciencia que en castigo. Porque la verdadera seguridad no se mide en armas ni patrullas, sino en valores compartidos.
Sólo cuando el respeto y la empatía vuelvan a ser parte de la vida cotidiana, cuando la educación vuelva a hablar del bien común y la responsabilidad, podrá decirse que Veracruz ha comenzado a sanar. La reconstrucción del orden no se hará desde los cuarteles, sino desde las aulas. La paz, como la dignidad, se educa.




