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Petro, Milei y Sheinbaum en la ONU

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En la Asamblea General de la ONU se escucharon tres acentos latinoamericanos que, más allá de sus diferencias, dibujan el escenario de un continente confrontado con la crisis global. Gustavo Petro con la denuncia profética, Javier Milei con la prédica neoliberal y Claudia Sheinbaum con el pragmatismo científico. Tres estilos, tres diagnósticos, pero un mismo abismo: la cuenta regresiva hacia el colapso climático y social.

Petro irrumpió como un acusador incómodo. Señaló la “irracional guerra contra las drogas”, la dependencia fósil, los genocidios silenciados y el riesgo de que la humanidad viva su última década antes del colapso irreversible. Con ironía preguntó: “¿Qué es más venenoso para la humanidad: la cocaína, el carbón o el petróleo?”. Su diagnóstico fue brutal: la guerra contra las drogas es una farsa útil a las élites, mientras el capitalismo fósil arrastra al planeta a su ruina. Sus pronósticos son aún más inquietantes: en menos de 10 años, sin cambios radicales, se alcanzará el punto de no retorno climático y las guerras regionales serán apenas laboratorios de la destrucción global. Sus propuestas —canjear deuda por vida, crear una fuerza internacional independiente del Consejo de Seguridad, liberar al Sur de la asfixia financiera— sonaban más a ruptura que a protocolo.

El contraste con Javier Milei fue absoluto. El presidente argentino no habló de catástrofes globales ni de justicia climática, sino del déficit cero, la demolición del Estado y el shock neoliberal como cura. Su credo es claro: apertura al capital, alineamiento con Washington, rechazo al populismo. Pero detrás de su programa económico late un dogma: neoliberalismo a rajatabla, entreguismo y disposición al sacrificio nacional y de su propia población en nombre de los mercados. Donde Petro ve el abismo de la extinción, Milei celebra la demolición social como modernidad. Su estilo es el de la prédica mesiánica: confronta, provoca, ofrece como sacrificio los derechos de su pueblo en el altar de los mercados.

Frente a ambos, Claudia Sheinbaum optó por otro registro. Doctora en ingeniería energética por la UNAM, habló con serenidad técnica sobre transición energética, transporte eléctrico, bienestar social y cooperación internacional. No recurrió a metáforas apocalípticas ni a acusaciones directas: su tono fue de pragmatismo científico. Aquí conviene subrayar: entre Sheinbaum y Petro no hay contradicción de diagnóstico ni de enfoque. Ambos coinciden en la urgencia climática y en la necesidad de poner la vida por encima del capital fósil. La diferencia está en las condiciones. Petro enfrenta lo que López Obrador vivió en sus primeros años: un Estado fragmentado, poderes mediáticos hostiles y crisis inmediatas que lo empujan a un tono incendiario. Sheinbaum, en cambio, gobierna con el impulso de la continuidad y puede reforzar con calma técnica un proyecto ya consolidado de bienestar social y transición energética.

Su advertencia también fue clara: sin una transición justa en la próxima década, México y América Latina enfrentarán sequías devastadoras, huracanes más intensos y migraciones imparables que pondrán a prueba la democracia.

En los tres líderes se dibuja un contraste elocuente. Petro con la ironía profética de quien advierte la extinción. Milei con la fe ciega en el mercado que convierte el sacrificio social en programa político. Sheinbaum con la serenidad científica de quien sabe que el tiempo se agota y que la acción debe ser inmediata, técnica y justa.

Al final, la ONU fue escenario de esta tríada latinoamericana: Petro como denunciante, Sheinbaum como gestora pragmática y Milei como apóstol del mercado. América Latina no llegó callada ni resignada: lo hizo con advertencias, proyectos de continuidad y delirios neoliberales. Y el dilema no es cuál discurso gane titulares, sino cuál política se impondrá cuando el reloj climático ya marca los segundos finales.

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