Boris Carrier
Al primer mundo, como al mundo en general, le fascinaba la latinomovida americana con figuras como el Che y Fidel Castro, a las que siguieron el subcomandante insurgente Marcos y Pepe Mujica, ambos en vida todavía. Atraen a visitantes en Chiapas, cuando está en calma, o a Cuba a chupar un mojito en su honor al borde de la alberca. Aquellos eran tiempos inmersos todavía en la fe ingenua del progreso, cuando el apestoso Concorde despegaba con el rugido de sus reactores de lo que era el DF, completamente ajeno a su huella de carbono.
Esta corriente latinoamericana marxista se veía a menudo inmersa en la guerrilla contra dictaduras implacables, lo que le valió a José Mujica, “Pepe”, once años durísimos de prisión hasta que el proceso democrático iniciado en Uruguay votara una ley de amnistía general en 1985, permitiéndole abrazar nuevamente la libertad. Su fama llegó a su apogeo con los cinco años en los que revistió el cargo de presidente de la república del Uruguay, ofreciendo al mundo una imagen de humildad y austeridad a la que nunca ha fallado.
El respeto que suscita debido a su acción guerrillera pasada y su estilo de vida sencillo en su rancho lo convirtió en fuente de inspiración política así como mercadotécnica. Pese a que el precio de su vocho azul desgastado supere probablemente ya el de los deportivos italianos más caros, este coche sigue reduciéndose a su propiedad fundamental para su dueño: el de un mero modo de transporte individual. Sabemos de un Jetta de la misma marca que tiene algo de fama también; ambos, seguramente fabricados en Puebla, pero la especulación acerca de su valor les es tan ajena como el concepto de bolsa inflable en el volante (a partir de los modelos 2011 en el Jetta).
Lo lamentable, en el actual contexto de un trumpismo arrogante y desafiante, es que nos llega la triste noticia del despido en vida de Pepe, como nos informa el semanario El Siglo con lo que es su última entrevista. En ella, anuncia abandonar la medicación de su cáncer al esófago para dedicarse a poner sus cosas en orden y hacer lo que ama: cultivar la tierra en su “chacra” (rancho). A su “barra”, o sea, su gente, le pide que ya deje paso a las energías nuevas y toma luego sus distancias del postulado económico marxista que marcó su acción militante, alabando a la democracia:
“No hay nada como la democracia. Yo de joven no pensé así, es cierto. Me equivoqué. Pero hoy me bato por eso. No es la sociedad perfecta, es la mejor posible.”
