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Ormuz: el cuello del mundo

ECP

Si uno lee con calma lo que aparece estos días en los periódicos internacionales, la situación empieza a verse con cierta claridad. No hace falta ser estratega ni especialista en seguridad global para entender la lógica que está operando.

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase peligrosa, pero también bastante predecible. No se trata sólo de bombardeos o de misiles. El punto decisivo está en el mar.

El Estrecho de Ormuz, relativamente angosto entre Irán y la península arábiga, es una de las rutas energéticas más importantes del planeta. Por ahí circula una parte enorme del petróleo que consume el mundo. Cada vez que esa ruta se vuelve incierta, todo el sistema económico global se pone nervioso.

Eso explica por qué, en los últimos días, cualquier incidente con barcos petroleros provoca titulares inmediatos. No hace falta que se hundan decenas de buques. Basta con algunos ataques, con la sospecha de minas navales o con el simple riesgo de navegación para que las aseguradoras se retiren y el tráfico se reduzca.

Y cuando el tráfico se reduce, el petróleo sube. Así de simple.

En ese contexto, la estrategia iraní parece bastante evidente. Irán no puede derrotar militarmente a Estados Unidos en un enfrentamiento directo. Pero sí puede convertir el Golfo Pérsico en una zona incierta para el comercio petrolero. No necesita una gran flota; le basta con misiles costeros, drones, lanchas rápidas y la ventaja geográfica de controlar la orilla norte del estrecho.

En otras palabras: Estados Unidos domina los océanos, pero Irán domina el cuello de botella.

Por eso el conflicto tiene un componente económico tan fuerte como el militar. El objetivo no es ganar una batalla naval clásica. El objetivo es elevar el costo global de la guerra.

Hay otro actor que aparece en esta historia, aunque casi siempre en segundo plano: China. Y su actitud también es fácil de entender si se observa con calma.

Mientras Estados Unidos despliega flotas y administra una crisis militar compleja, China simplemente observa. No interviene, no amenaza y tampoco se involucra directamente. Continúa comerciando, asegurando suministros energéticos y reforzando su presencia económica en distintas regiones.

Dicho en breve, China no pelea guerras; fortalece sistemas.

Esa diferencia de estilos es una de las claves del momento internacional que estamos viviendo. Un mundo donde la potencia dominante se ve obligada a gestionar conflictos militares cada vez más costosos, mientras otras potencias avanzan por caminos menos visibles.

Visto desde esa perspectiva, lo que ocurre en el Golfo no es sólo una guerra regional. Es también una señal del tipo de mundo que empieza a configurarse.

Uno donde los cuellos de botella —energía, rutas comerciales, sistemas financieros— pesan tanto como los ejércitos.

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