viernes, abril 19, 2024
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Reflexiones de un masehual


David Martínez Sánchez

A propósito del Día Internacional de la Lengua Materna, escribo este texto desde mi propia experiencia y ojalá sirva para la reflexión que en esta fecha se da en varios espacios.

Nací en una comunidad nahua a principios de la década de los 90. En ese entonces, recuerdo que todos y todas las niñas de mi edad hablaban el náhuatl. El español lo aprendimos en la escuela, fue difícil para algunos y un poco más fácil para otros; sin embargo, a todos y todas se nos complicó en cierta medida. Ya no nos tocó la etapa de nuestros padres y abuelos, que nos contaban que les ponían castigos severos si en la escuela hablaban en náhuatl.

Sin embargo, ese desdén a las lenguas seguía latente. No recuerdo que los maestros y las maestras se interesaran por nuestra lengua.

Estaban cien por ciento empeñados en enseñarnos el español y se enojaban si escribíamos mal una palabra o nos equivocábamos en la pronunciación. ¡Cómo batallamos los hablantes en náhuatl con estas dos vocales O y U!, decir “cumo en vez de como”, “coerno en vez de cuerno”. Hasta el día de hoy sigo con ese temor de equivocarme en la pronunciación.

En la década de los 90 se habla muy poco sobre el orgullo y la importancia de proteger las lenguas originarias, y sí ya se hablaba sobre eso, no había llegado en las comunidades. El español se imponía como lengua superior que todos y todas teníamos que aprender, a cualquier precio, para poder enfrentar un mundo cambiante. En esa época había más jóvenes estudiando fuera de la localidad, algunos estaban en la ciudad trabajando. Recuerdo que decían que para salir de la comunidad “te tenías que defender” y que, para ello, al menos, tenías que hablar y leer un poco el español.

Generaciones posteriores empezaron a hablar náhuatl y español al mismo tiempo, después, español primero y posteriormente náhuatl. Ahora algunos jóvenes dicen que lo entienden, pero no lo hablan.

Regresando a mi experiencia, salí de la primaria hablando y escribiendo en español. Entré a la telesecundaria, en esta etapa escolar me tocó estudiar en una localidad hablante del náhuatl, por todos lados escuchabas el náhuatl.

Salí de la secundaria y entré a la preparatoria. Esta vez opté por asistir a una escuela de la cabecera municipal. Ahí la mayor parte del tiempo conversaba en español, a pesar de que sabía que algunos de mis compañeros y compañeras hablan el náhuatl. El espacio parecía vedado para cualquier otra lengua que no fuera el español. Sí se hablaba en náhuatl, era bajito y unas cuantas palabras.

En ese entonces no entendía por qué al entrar en cierto espacio automáticamente mi lengua náhuatl quedaba vetada, como por una energía invisible, y hablarlo “ahí donde no deberías” se sentía incómodo. Estos espacios de prohibición implícitas para las lenguas siguen hasta el día de hoy, es la escuela, la iglesia, las instituciones de gobierno, el hospital, la ciudad completa, la cabecera municipal, la televisión, la radio, aunque poco a poco se va ganando terreno.

Al contrario, en mi casa y en mi pueblo, el náhuatl se escuchaba fuerte (y se sigue escuchando). Al hablar en náhuatl no estás con ese temor latente de equivocarte; una mala pronunciación, utilizar una palabra donde no va, etc. Pero el náhuatl y otras lenguas, recalco, no están permitidos en todos los lugares.

Aunque en la actualidad hay un empuje entre los hablantes de alguna lengua originaria en mostrarse orgullosos, y que a través de este esfuerzo se han ido permeando “esos lugares en donde la lengua originaria no es bien recibida”, ¿por qué año tras año hay menos hablantes de alguna lengua indígena? El Conteo de Población y Vivienda de 1995 registró que el porcentaje de hablantes de alguna lengua indígena fue de 6.8%; en 2015, el porcentaje de hablantes era del 6.5%, y en 2020 ya solo era del 6.1% (INEGI). ¿Por qué las y los jóvenes, los niños y las niñas, dejan de hablar la lengua de sus comunidades.