La Faena
Si algo se le puede reconocer a Miguel Ángel Yunes es su vasto y plural concepto de la lealtad y la congruencia personal en la vida, la política y la amistad. Sus “lealtades” están a la vista.
Cuando daba sus primeros pasos, se llenaba la boca hablando del profundo amor que le profesaba a Rafael Hernández Ochoa. Le prodigó sumisión a Carlos Salinas y a su gobernador Patricio Chirinos. Le juró amor eterno a la profesora Elba Esther Gordillo. Prometió a Vicente Fox y Felipe Calderón cortarse las venas por ellos y por su partido.
Mandó a acostar a Miguelito, el orgullo de su nepotismo, con Ricardo Anaya en el Palacio de Gobierno, durante el desangelado interinato de Flavino Ríos. Le ofreció al priísta Pepe Yunes que lo haría gobernador y a su primo Héctor la diputación, a cambio de que lo apoyaran para que metieran a Fernando en la plurinominal local y que los dos Migueles fueran en fórmula al Senado.
Hoy se le vio muy sonriente junto a Félix Salgado Macedonio, luego de comprometer el voto a Morena para que la coalición con el PT-PVEM alcanzase la mayoría en el Senado y sacara adelante la reforma del podrido Poder Judicial. Ahí recordó con alegría la amistad con muchos morenistas y les reconoció su amabilidad al recibirlo.
Así como sabe dar su lealtad donde suene el tenate del dinero y con quien le ofrezca canonjías y poder, también ha sido consecuente con su personalidad de Jano, con una cara en el pasado y otra viendo el futuro.
De esta forma ha construido toda su carrera política, basada en deslealtades, mentiras, simulación y un increíble y voraz apetito por el dinero público, obtenido gracias a una bien tejida red de corrupción en la que ha involucrado a toda su familia, además de la tolerancia y protección de la élite prianista; y al parecer, el morenismo hará lo mismo.
A todos ellos los utilizó, trampeó y engañó. Les jugaba el dedo en la boca y siempre obtenía lo que quería.
El Miguel Ángel que vimos ayer en el Senado nuevamente parece haberse salido con la suya. Aprovechó la tribuna para cubrirle las espaldas a sus dos hijos, presuntos delincuentes electorales (aunque se le olvidó mencionar que sobre Fernando pesa además una denuncia del ORFIS por unos 100 millones de pesos entregados a una fraudulenta administradora de pensiones privadas).
Como pudo, contuvo su ira frente a la iracunda ala femenina senatorial y a sus exaliados de ideología panista que lo acusaron de traidor y vendido. La impoluta y destacable Lilly Téllez le arrojó unas monedas mientras protestaba como senadora.
Los Yunes no habrían dado su voto a cambio de nada. Miguel Ángel sabía que solo así podría salvar a sus hijos de la cárcel y de la ignominia. Es el típico mal padre que, una vez que corrompió a los hijos llevándolos por la ruta que él mismo transitó a lo largo de su vida, hace todo lo que está en sus manos para lavarles la cara.
Saldrá con su fortuna intacta, el clan quedará más limpio que un recién nacido, podrá seguir medrando con el erario y engatusando a quien se deje. Yunes Linares terminará su carrera de la misma manera que la comenzó: engañando, traicionando y simulando honorabilidad y entereza. Ahora travestido de morenista.
A final de cuentas, este crudo pragmatismo evidencia tanto la crisis de la oposición —que no tiene nada que ofrecer ni a sus antiguos liderazgos— como del propio sistema de partidos en el país.
