La Faena
Si México entero se halla en un proceso de ratificación de un cambio social y político impulsado desde la sociedad, cuya confirmación se dio en las urnas el pasado mes de junio del 2024, el mismo caso aplica para el estado de Veracruz, donde el gobierno de la morenista Rocío Nahle está planteando una profundización de dicho mandato popular.
Es perfectamente lógico que, ante esa disyuntiva, la fracción derrotada en la feroz lucha por el poder que se diera el año pasado resulte la principal fuerza opositora a la consolidación del régimen morenista. De ninguna manera se espera que panistas, priístas y el rescoldo de una izquierda acomodaticia, que veleteó entre el fidelismo, el duartismo y el yunismo, se sienten pasivamente a ver cómo Morena y sus débiles aliados consoliden estructuralmente una fuerza política que dure en el poder central cuando menos otro par de sexenios. Algo que parece factible siempre y cuando no suceda una hecatombe al interior del partido guinda y los apetitos personales de personajes claramente identificados dentro de Morena echen a perder un trabajo que tanto le ha costado conseguir al movimiento social-popular que fundara Andrés Manuel López Obrador.
De todos modos, la oposición política en el estado sigue siendo víctima de sus propias acciones y pecados, además de las delaciones de sus figuras emblemáticas, como ha sido notoriamente el caso de la familia Yunes. La tarea no es fácil y resulta indispensable para la vida pública de los veracruzanos que se genere una oposición política consistente y coherente, en particular para aquellos que no comulgan ni creen en la propuesta de los gobiernos morenistas.
Aquel éxito efímero y fugaz que significó la alternancia en el gobierno estatal, cuando con su pantagruélica corrupción el priísta Javier Duarte hizo posible que un personaje desideologizado y presa de una inimaginable ambición de dinero y poder como Miguel Ángel Yunes Linares, quizá aún más corrupto y oscuro que el último mandatario priísta en Veracruz, se fuera a la borda y acabara con las ilusiones por las que optaran muchos veracruzanos en el bienio 2016-2018.
Mientras no suceda otra cosa, la gobernadora Nahle García tiene a cuestas un proyecto tal vez más complejo que el que le tocara a su antecesor Cuitláhuac García. Pues para lograr el cambio social y político que planteó durante su campaña, se requiere una combinación de esfuerzos individuales y colectivos y no sólo entre su electorado base, sino que debe dirigirse hacia quienes pensaban que el PRI, el PAN y el PRD eran una mejor opción para gobernar.
Por lo pronto, habrá de crearse una estrategia que se ancle y vaya de la mano con la acción de gobierno, sustentada en informar y sensibilizar a la población sobre los problemas y las necesidades de cambio. Morena tampoco debe perder de vista que, mientras cancele la movilización social, así como la organización de manifestaciones, protestas y campañas para llamar la atención sobre las cuestiones importantes, habrá perdido el principal capital político que le diera viabilidad como fuerza electoral.
También resulta indispensable fomentar la participación política y el establecimiento de diálogos con líderes políticos, empresariales y sociales para encontrar soluciones consensuadas. Y, lógicamente, fortalecer su política de alianzas con otras fuerzas, algo que en cierto modo ha resultado riesgoso y hasta contraproducente, pues muchos vivales y camaleones de la política aprovechan tal circunstancia para reinventarse.
Como se está viendo en algunos municipios como Veracruz, donde José “El Pepín” Ruiz, un destacado miembro de la más pura expresión del priísmo corrupto, ahora participa en la elección interna de Morena buscando ser candidato de este partido a la alcaldía porteña. Así como van las cosas, sólo falta que dentro de poco veamos al Clan Yunes en pleno participando electoralmente abanderando las causas del lopezobradorismo.
