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Que Netanyahu siga en el poder y, peor aún, sin un sólo castigo efectivo por parte de la llamada “comunidad internacional”, no es un accidente: es la confirmación de que el sistema internacional se ha convertido en una farsa. No hay comunidad, no hay justicia, no hay instituciones multilaterales que funcionen; lo que hay es una red de intereses donde el más fuerte impone su voluntad y donde los crímenes de guerra se lavan con comunicados tibios y vetos diplomáticos.
El primer nivel de impunidad es político. Israel no sólo es un país; es el portaaviones de Estados Unidos en Medio Oriente. Su función estratégica es tan grande que cada resolución de condena que intenta nacer en la ONU muere de inmediato bajo el veto de Washington. Esa complicidad convierte al organismo internacional en un teatro grotesco: discursos airados, acusaciones encendidas, para terminar en nada. Una y otra vez, las víctimas palestinas ven cómo sus muertos se convierten en estadísticas sin repercusión, porque la “justicia universal” se estrella contra un muro de poder.
El segundo nivel es económico. Europa juega a indignarse en público, pero en privado mantiene los negocios. Israel vende armas, tecnología de vigilancia, sistemas de ciberseguridad y software de control social que fascinan a gobiernos democráticos y autoritarios por igual. Condenan las bombas, pero compran los algoritmos. Netanyahu ha convertido la tragedia palestina en un laboratorio de exportación: Gaza es la vitrina de donde se venden al mundo los instrumentos del autoritarismo digital y militar del siglo XXI. Ningún gobierno que compra ese catálogo se atreve a cerrar la mano que lo provee.
El tercer nivel es jurídico. La Corte Penal Internacional abrió investigaciones por crímenes de guerra, pero Israel —igual que Estados Unidos— no reconoce su jurisdicción. Así, el derecho internacional se vuelve una caricatura: sirve para dictar sentencias contra líderes africanos o presidentes caídos en desgracia, pero jamás contra un aliado occidental. El resultado es un doble rasero obsceno. A un dictador periférico se le persigue con celeridad; a Netanyahu se le protege con excusas de “autodefensa” mientras los cadáveres palestinos se apilan en silencio.
Lo más grave es el cuarto nivel: la narrativa. Netanyahu y sus propagandistas han logrado instalar la idea de que toda crítica a Israel es antisemitismo. Esa manipulación discursiva bloquea debates, censura voces y convierte a las víctimas en sospechosos. Quien denuncia masacres es acusado de hereje moderno; quien exige justicia es marcado de terrorista o cómplice del terrorismo. Con esa táctica, Netanyahu se ha blindado: convirtió la memoria del Holocausto en escudo para perpetrar otro genocidio a plena luz del día.
En este punto, la pregunta no es por qué Netanyahu no es castigado, sino por qué el mundo acepta su impunidad. La respuesta es brutal: porque vivimos en un orden internacional diseñado no para detener criminales de guerra, sino para protegerlos si son útiles al imperio. Netanyahu sobrevive porque encarna lo que las élites globales desean: un Estado que experimenta sin pudor en control social, guerra preventiva y represión masiva. Israel es la maquila de la distopía: lo que se prueba en Gaza mañana se aplica en París, Nueva York o Bogotá.
La consecuencia de esta farsa es devastadora: el descrédito absoluto de las instituciones multilaterales. La ONU ya no es árbitro; es decorado. La Corte Penal Internacional ya no es justicia; es selectividad. El derecho internacional ya no es ley; es retórica vacía. Y mientras tanto, Netanyahu sigue ahí, sonriente, impune, protegido por la red de complicidades que lo elevó al rango de intocable.
La historia nos enseña que los intocables nunca lo son para siempre. Pero antes de caer, dejan un reguero de muerte y cinismo que marca generaciones. Hoy Netanyahu no sólo es un hombre: es un síntoma. El síntoma de que el fascismo global avanza con traje democrático, de que los crímenes se lavan con vetos, y de que el mundo entero ha normalizado el horror.
La pregunta ya no es si castigarán a Netanyahu. La pregunta es si, al seguir tolerándolo, no terminaremos todos siendo cómplices de su impunidad.
Netanyahu es intocable no porque sea fuerte, sino porque el sistema internacional es débil, corrupto y selectivo.
Su impunidad desnuda la farsa de la ONU y de la “comunidad internacional”.
Mientras no se le castigue, el fascismo global avanza con Gaza como laboratorio y el silencio del mundo como complicidad.
