InicioOpiniónNegar, desmontar, imponer: la fórmula Trump contra el futuro

Negar, desmontar, imponer: la fórmula Trump contra el futuro

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ECP

En el debate sobre Donald Trump, una etiqueta puede ser polémica, pero el patrón es innegable: el manual autoritario —desprecio por la verdad, fabricación de enemigos, asalto a instituciones y lealtad por encima de la ley— se volvió método de gobierno. Y cuando ese método se aplica a la crisis climática, deja de ser disputa interna: se convierte en amenaza planetaria.

El negacionismo no opera como opinión, sino como política de Estado. Se borra lenguaje, se hostiga a la ciencia, se debilitan áreas técnicas y se erosiona la capacidad regulatoria para proteger aire y agua. No es un recorte neutro: es un sabotaje funcional a los contaminadores. Sin base científica independiente, el Estado renuncia a medir con rigor el daño y a limitarlo. En su lugar instala una estrategia de confusión: saturar de ruido la discusión pública hasta que la devastación parezca inevitable o discutible.

El segundo movimiento del mismo manual es declarar enemigo a lo común. La cooperación internacional se etiqueta como “globalista”, ajena o contraria al “interés nacional”. La salida del Acuerdo de París y el desmantelamiento de marcos multilaterales no solo reducen coordinación: rompen el consenso mínimo para actuar frente a una crisis que no respeta fronteras. El unilateralismo sustituye a la corresponsabilidad. La fuerza sustituye a la regla.

Pero lo decisivo es que la misma fórmula se proyecta hacia afuera. Ahí está Venezuela: una operación de fuerza tratada como hecho consumado, con la legalidad internacional convertida en estorbo. Ahí está Groenlandia: la tentación de reordenar el mapa como si la soberanía fuera mercancía, presionando con amenaza económica y narrativa de “seguridad”. Y ahí está el “acuerdo” con la OTAN: no como alianza entre iguales, sino como relación transaccional donde se paga, se obedece o se castiga. En conjunto, el mensaje es uno: no se persuade, se presiona; no se acuerda, se impone.

Las consecuencias climáticas ya están a la vista: años récord de calor, eventos extremos más frecuentes, glaciares que retroceden, costas vulnerables, pérdidas humanas y económicas. El mundo se recalienta mientras la potencia que podría contribuir a contenerlo desarma herramientas construidas durante décadas. Y el vacío de liderazgo abre espacio para que otros actores conviertan la transición energética en ventaja geopolítica, no por ética, sino por interés.

Ese es el punto: el manual autoritario no se limita al clima. Opera adentro y afuera: concentración del poder, castigo a contrapesos, propaganda como sustituto de verdad y fuerza como administración del orden. Cuando un Estado se acostumbra a gobernar por intimidación, la vida pública cambia: la gente deja de deliberar y empieza a sobrevivir políticamente.

La advertencia ya no es retórica. Está en los datos que se intentan borrar y en los hechos que se vuelven rutina: Venezuela como precedente, Groenlandia como tentación imperial y la OTAN convertida en transacción. Cuando el manual autoritario gobierna el clima y la política exterior, el riesgo no es ideológico: es físico.

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