Metempolítica
Tiempos difíciles muestran las noticias, una crisis nacional tras la muerte del conocido líder criminal que eleva el tema de la violencia por encima de otros asuntos de la política en el país y en Veracruz de cuyo desarrollo no se encuentran argumentos sólidos para desacreditar o para desencadenar semejante algazara en torno a ellos. Más allá del oportunismo mediático morboso, la consiguiente atmósfera de pánico, destinada a apuntalar el relato que empezó con el reclamo apresurado del fracaso en la lucha contra el crimen y después con la supuesta vinculación del régimen 4T con estas agrupaciones delictivas, es el cometido detrás de la presión para que, acorde con la oposición, sus jilgueros y sus patrones allende el río Bravo, el gobierno mexicano restrinja las acciones de seguridad a medidas represivas como la única estrategia viable, desestimando la priorización que desde hace 7 años se ha trazado para la atención de otras causas de índole socioeconómica como la ruta hacia la pacificación del país, puesto que éstas conllevan discutir “a quién sirve el poder”, lo cual desde las esferas corporativas y potentadas se intenta desterrar del debate público debido a que los exhibe en el rol antagónico al interés popular que por bastante tiempo habían sabido encubrir o “justificar” —hasta la crisis de legitimidad en la actualidad (véase “trumpismo”), precipitada por los resultados inherentes a un sistema que invariablemente acrecienta la desigualdad.
Anteceden al abatimiento de Nemesio Oseguera campañas masivas de propaganda impulsadas sobre todo por bots en espacios virtuales o por programas noticiosos de mínima calidad que matizan las atrocidades persecutorias de la dictadura salvadoreña frente a los señalamientos de inacción contra el narco; el calderonismo redivivo del “nuevo” PAN; la suma de políticos y otras figuras públicas defenestradas a las exigencias y acusaciones de la oclocracia estadounidense que describen a México como un yermo devastado por la inseguridad, que ya está necesitando la libertad que drones y marines saben proporcionar, etc. Son ejemplares de esta caracterización publicaciones como la de una desinformadora colombiana de nombre Juliana Sedan que comparó los incidentes tras la muerte del jefe del hampa con aquella de Pablo Escobar, contrastando que los mexicanos no salieron a celebrar el logro de las fuerzas de seguridad, sino a matar. Como si el espíritu nacional del país al que emigró fuera de ignorancia y criminalidad. “Bad hombres”.
Posteriormente, vinieron la difusión desmedida de imágenes incluso generadas por IA o descontextualizada y la especulación ante cualquier incidente, que se añaden a situaciones de violencia que realmente sucedieron y que demandan, contrario a la siembra del miedo, la fortaleza que la unidad del pueblo mexicano precisa frente a los saldos de una enfermedad social posibilitada hace ya tanto tiempo por la inteligencia intervencionista y sus cómplices aquende la frontera. De ahí se tuvo a colaboradores de las agencias extranjeras como Anabel Hernández sosteniendo que lo que desencadenó en el operativo más comentado de los recientes días fue a voluntad de Estados Unidos, porque si no, nada ocurre. Enseguida, Trump se comenzó a colgar esas medallas. Todo muy coordinado para “sugerir”, a niveles caricaturescos, la subordinación del Estado mexicano y quienes lo encabezan ante los carteles. Y de esta manera, se mantiene operante la argucia de tildar de “narcoterrorista” a toda aquella nación o gobierno no alineados a un orden global unipolar que fenece. Y así continuará, ni dudarlo. Esto, mientras el árbitro moral del mundo provee armas a los delincuentes y su demanda doméstica de estupefacientes cada vez más destructivos crece y crece.
Pero los actos violentos que se desplegaron en desafío del poder constituido habrán de traer a la memoria de quien busca aprender de la historia que balaceras, bloqueos, quemas, retenes, matanzas, encerronas en bares, hallazgos de cadáveres, fueron el pan de cada día en el mentado, con razones, sexenio de Felipe Calderón que cimentó su fraudulenta asunción gubernamental en una guerra de baja intensidad, aún sin terminar, carente de un propósito específico y en beneficio evidenciado de determinadas organizaciones delincuenciales —lo cual ocurrió con un “círculo rojo” complaciente—; el mismo que disfruta desde España la comodidad de opinar y buscar influir en la política mexicana sin consecuencia, promoviendo en redes que tenía razón en que atizar el incendio sirve para apagar el fuego.
Independientemente de la distorsión o malinterpretación que se ha querido dar al concepto de “abrazos, no balazos”, es claro que seguridad sin bienestar es represión, muestra de ello es justamente el reinado policial de Bukele. Todo es susceptible de corrección y el régimen de la 4T ha de seguir optando por alternativas multidimensionales que compaginen el éxito de la política social con las acciones de inteligencia para desarticular el crimen organizado que, en tanto no se acabe de extinguir este flagelo, podrán implicar, siempre que se sacuda a tal grado una agrupación delictiva, eventualidades desafortunadas como las acontecidas principalmente en Jalisco. Deben ser medidas soberanas pero que, en efecto, no excluyan la coordinación transfronteriza que tanto dice demandar el principal país comprador de drogas y vendedor de armas del mundo.
Hablamos previamente de los señalamientos de fracaso en la erradicación del hampa como algo apresurado, pues estas circunstancias tan complejas e incrustadas en la realidad nacional no se pueden remediar de un día a otro: como una herida infecta, requieren tratamiento constante y cuidadoso, así como tiempo de recuperación. Y ya en eso, hay otro factor fundamental en el cambio de mentalidad sine qua non que no se solía tomar muy en serio, aunque es alentador que cada vez esté más presente y da razón a que la transformación social obra como un proceso evolutivo: el de la narcocultura, es decir, la exaltación del sicariato por parte de “artistas” o personalidades de moda, telenovelas y demás. Pero su repudio es una toma de consciencia que solo puede abonar a esta lucha por la paz a iniciativa del propio pueblo mexicano.
