Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard (Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas en AMEXCAN) y Emilio Antonio Vázquez Morales (Coordinador Binacional de Comunicaciones en AMEXCAN)
En días recientes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a colocarse en el centro de la conversación pública tras la difusión de un video en el que compara a las personas migrantes con “aliens”. La declaración, por sí misma, no sorprende: forma parte de una narrativa que durante años ha buscado deshumanizar a quienes cruzan fronteras en busca de oportunidades. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es solo el contenido, sino el emisor pues cuando este tipo de mensajes provienen de figuras con poder político dejan de ser ocurrencias y se convierten en discursos que moldean percepciones, legitiman prejuicios y alimentan políticas excluyentes.
Desde luego, la comparación es una falta de respeto, pues equiparar a los migrantes con seres de otro planeta implica, en el fondo, negar su humanidad, su historia y su aportación, prácticamente es una forma de decir “no pertenecen”, “no son como nosotros” y eso, en un país construido precisamente por generaciones de migrantes, resulta no sólo contradictorio, sino profundamente injusto.
Pero hay otro ángulo que vale la pena mirar, no para justificar, sino para resignificar. En el imaginario colectivo, los “aliens” no solo son lo desconocido; también representan, en muchas narrativas, civilizaciones avanzadas, capaces de crear, innovar y transformar mundo y sii llevamos esa metáfora al terreno social, la comparación termina, paradójicamente, engrandeciendo a la comunidad latina.
Porque si algo han demostrado los migrantes latinoamericanos en Estados Unidos es precisamente eso, hablo de capacidad, resiliencia y trabajo. Son quienes sostienen sectores enteros de la economía; quienes construyen, siembran, cuidan, cocinan y mantienen en funcionamiento ciudades completas; son quienes, con esfuerzo cotidiano, han logrado abrirse paso en un sistema que muchas veces les cierra la puerta y si eso es ser “alien”, entonces hablamos de una fuerza productiva y humana que impulsa al país hacia adelante.
Pero no nos confundamos, los latinos no somos aliens, los migrantes no somos seres de otro planeta, no somos una amenaza ni una anomalía, somos personas, personas que trabajan, que aportan, que sueñan; personas que, lejos de invadir, ayudan a construir.
Reducir la migración a una caricatura, ya sea de miedo o de burla, no solo empobrece el debate público, sino que invisibiliza la complejidad de un fenómeno profundamente humano, migrar no es un capricho, es una respuesta a la necesidad, a la búsqueda de dignidad, a la esperanza de una vida mejor.
Quizá el verdadero problema no sea la comparación en sí, sino lo que revela una incapacidad de reconocer al otro como igual y mientras ese reconocimiento no llegue, seguiremos viendo discursos que intentan dividir lo que en realidad ya está entrelazado.
Porque, al final del día, no hay nada más humano que migrar y nada más necesario que recordarlo.
