Cada ciclo electoral en Estados Unidos revive el mismo mecanismo: México convertido en amenaza, problema fronterizo, proveedor de drogas, origen del desempleo o territorio incapaz de gobernarse a sí mismo. Cambian los nombres de los candidatos, cambian los tonos, cambian los partidos, pero la lógica permanece. Cuando la política estadounidense necesita un adversario cercano y rentable, México aparece como recurso discursivo inmediato.
En ese contexto la frase de la presidenta Sheinbaum —“México no es piñata de nadie”— adquiere un significado más profundo que el simple cruce verbal entre gobiernos. La presidenta respondió a una práctica histórica: utilizar al país como blanco político interno, como chivo expiatorio funcional para campañas electorales, disputas partidistas o demostraciones de fuerza hacia el electorado estadounidense.
La relación entre ambos países seguirá siendo inevitablemente estratégica. El comercio, la integración industrial, la migración y la seguridad hacen imposible cualquier fantasía de ruptura. Millones de empleos dependen de esa relación a ambos lados de la frontera. Pero precisamente por eso resulta cada vez más visible el desgaste de un modelo político donde Washington pretende conservar simultáneamente los beneficios económicos de la integración y la narrativa de superioridad sobre México.
Durante décadas gran parte de la clase política mexicana aceptó ese trato con resignación diplomática. Las presiones públicas se administraban en silencio. Los agravios se minimizaban. La prioridad era evitar tensiones con el vecino del norte aun al costo de degradar la posición simbólica del país frente a su propia población. Ese ciclo comenzó a modificarse desde el obradorismo y ahora Sheinbaum lo continúa con otro estilo, menos confrontativo en las formas, pero igualmente insistente en el tema de la soberanía.
El punto de fondo es la transformación del equilibrio político regional. México ya no ocupa el mismo lugar económico que hace treinta años. La reindustrialización norteamericana que pretende Trump depende crecientemente del territorio mexicano, de cadenas de suministro instaladas aquí, de mano de obra calificada, de capacidad manufacturera y de estabilidad logística. Mientras Estados Unidos enfrenta polarización política, deterioro institucional y fracturas sociales visibles, México aparece para muchas empresas como pieza central de reorganización industrial continental.
Eso altera la relación psicológica entre ambos países.
Washington sigue siendo la potencia dominante del hemisferio. Nadie discute eso. Pero la dependencia dejó de ser unilateral. La retórica agresiva produce aplausos inmediatos en campañas, pero introduce incertidumbre en una integración productiva que hoy sostiene regiones enteras de América del Norte. Tampoco son menores los costos políticos frente a los más de 35 millones de votantes de origen mexicano en Estados Unidos, lealtad que ningún partido puede ignorar.
La frase “México no es piñata de nadie” marca un límite: señala que el gobierno mexicano no aceptará ser utilizado como accesorio propagandístico permanente de la crisis política estadounidense.
Porque detrás de cada declaración incendiaria sobre migración, narcotráfico o comercio suele esconderse algo más profundo: la necesidad de encontrar culpables externos para tensiones internas que Estados Unidos ya no logra resolver por sí mismo.
