En defensa de la lectoescritura y los procesos de pensamiento autónomo.
Por José Maximiliano Moreno y Cabra
El paso de la historia no es gratuito. Por algún motivo, la resolución de un acontecimiento que cambia los derroteros de la especie humana siempre conlleva dejar algo en desuso. Así, se han instaurado derechos que hace siglo y medio eran inexistentes; la visión general en las relaciones sociales se ha diversificado; han surgido medios informativos de gran velocidad, y tecnologías para hacer más cómodos los entornos laboral y personal.
Entender un legado implica conocer lo que se dejó atrás, y lo que se dejará, pues el futuro también será historia. Esa es la disyuntiva que traen consigo las eras. La nuestra no es la excepción.
No obstante, existe lo que no cambia.
Quien haya manipulado una herramienta y se percata de su gran utilidad, sabe lo difícil que es prescindir de ella, al grado de convertirla en objeto necesario. Viene a la mente la revolución generada por la máquina de vapor en el s. XIX, el surgimiento del automóvil en el XX, y los teléfonos inteligentes que hoy son parte de nuestra indumentaria. En ese mismo tono se describen las llamadas Inteligencias Artificiales, que ya son parte de nuestro ambiente económico tras su rápido surgimiento comercial, y su impacto no ha parado de ser uno de los temas más discurridos en el medio académico, tanto por las ventajas que conlleva su enorme gama de aplicaciones, como por el debate dirigido a contenerlas. El problema es definible: la rapidez, con la cual un algoritmo transforma contenidos informáticos en productos de consumo inmediato -sean imágenes, textos e incluso simulacros de conversación-, provoca una fase de embotamiento accional que, de prolongarse, ocasionaría el deterioro cognitivo en las generaciones por venir. No lo neguemos, eso es lo que da miedo. Claro está, en dicho planteamiento se considera que los fenómenos con un desarrollo paulatino no suelen tomarse en cuenta, hasta que sus consecuencias son enormes e inevitables.
No es momento de alarmarse, aún; los algoritmos no se hacen “más listos”, como intentan hacernos creer. Las generaciones contemporáneas comienzan a estancar sus capacidades sociales e intelectuales, haciendo que, en comparación, un proceso numérico parezca incrementar su utilidad real. En escenarios así, podemos considerar ejemplos cercanos. Por comodidad, poco a poco, las nuevas generaciones estudiantiles dejan de utilizar sus propias capacidades inherentes con el único fin de satisfacer la entrega de requisitos escolares, y equipos donde el trabajo analítico ha de tener preponderancia, comienzan a ceder a la tentación de dejar, en manos de una IA, la realización de procesos normalmente adjudicados a un esfuerzo mental. Cuando la automatización arrebata su lugar a la conciencia y al sentido de responsabilidad, por lo bajo, a esto se le llama “hacer trampa”. Como sabemos, los tramposos suelen provocar más líos que soluciones.
Por otra parte, consideremos las problemáticas individuales, sociales, económicas, ecológicas y políticas relacionadas. En términos que a muchos preocupan, la disminución en el número de personas con una educación integral, así como de mano de obra capacitada -y capacitable-, a largo plazo representa una de tantas adversidades que la inclusión de algoritmos y robots altamente especializados no resolverá.
Hay tiempo de corregir esa tendencia. No vaya a pasar lo mismo que con el cambio climático.
Las soluciones baratas acaban por ser caras. Pero eso no es culpa de la herramientas, sino de los usuarios.
Hablar de educación integral, en este contexto, siendo uno de los fundamentos en la noción de bienestar, refiere a la adquisición e impartición de experiencias, habilidades y conocimientos en varias disciplinas, que permitan el óptimo desarrollo del individuo y de su quehacer en la comunidad a la cual pertenece. Aprender a leer y escribir es la puerta de acceso a ello. Basta con pensar en hasta dónde llegaríamos sin saber hacerlo. Dicho de otro modo, es dudoso creer que alguien, en verdad, desease volver a la prehistoria, con lo que eso implica.
Es claro que un real ejercicio de lecto-escritura no consiste en recorrer los ojos y los dedos sobre una hoja de papel cubierta de letras (o por cubrirse con ellas). Tampoco es cosa de memorizar. Es un acto de retroalimentación, donde una persona lejana presta, plasma y disemina sus pensamientos en forma de palabras para quien desee asimilar y aplicar lo que significan, en cualquier dimensión competente al ser humano.
Por otra parte, existen estudios científicos y reflexiones (como los de Maryanne Wolf e Irene Vallejo, respectivamente) que demuestran la relación existente entre los hábitos lecto-escriturales, y ese fenómeno que solemos llamar progreso, tanto en el desempeño neurológico de quienes los ejercen, como en el devenir de nuestra sociedad. Es decir, leer y escribir contribuyen en el crecimiento mental propio, con la correspondiente desenvoltura de habilidades mentales, emocionales y hasta físicas; ayuda a trazar la conducta hacia mejores condiciones en el trato social; motiva la conectividad entre su visión de la existencia y su relación con el mundo, y eventualmente nos permite participar en el mejor desempeño de la economía y el entramado estatal. Hay una especie de “física y metafísica de la transformación” en el acto mismo de leer y escribir, de la cual todos salimos beneficiados, a falta de términos más cercanos. Recordemos que muchos de nuestros pensamientos se traducen en palabras, como si fuesen dichas por alguien que sabe más, y se halla dentro de nosotros.
En el mismo orden de ideas, un objetivo concreto en la enseñanza de las habilidades lectoras y escriturales consiste en enfatizar su papel como recurso para perfeccionar los talentos individuales, la expectativa de adquirir habilidades nuevas, y reducir el rango de influencia colectiva de todo tipo de estrategia para la manipulación desde instancias mediáticas, ideológicas o particulares, difundiendo la facultad de pensamiento libre, elección propia y la defensa de ambas. Lo dicho aquí no es nuevo; pero no es divulgado con la debida frecuencia: no existe virtud sin libre albedrío; no hay bondad donde no se elige, ni justicia donde no se dicen verdades como es debido.
La propuesta ya se lleva cabo: divulgación a través de material en formato físico y la escritura manual. Aunque debemos considerar que no se le trata con seriedad, dada la importancia que tiene. Es injusto subestimar algo sólo por costumbre.
Cierto. Suena sencillo, como casi cualquier cosa que se diga; pero esto corresponde a una realidad posible y lograble. Todo problema comienza en algún momento y lugar. La solución también. ¿Quién nos dice que una acción oportuna no funcionará, así tome unos instantes, como platicar un cuento a nuestros hijos después de comer, mencionar el libro del cual se extrajo, o leerles uno antes de dormir? Sólo se requiere motivación individual, pues es allí donde el hábito de la lecto-escritura se manifiesta. Si se otorga desde la niñez, cuanto mejor.
Aunque el espacio más adecuado para eso, por estadística, es la escuela, muchos de los elementos que participan para hacerlo se inculcan en el hogar, o en el espacio vital, como se vea.
No tiene el mismo efecto realizar algo que amamos y nos es provechoso, a hacerlo por simple obligación. Convencernos de todo esto no sólo atañe al alumnado, también a profesores y cabezas de familia. Leemos y escribimos no sólo para nosotros mismos, también para otros.
El conocimiento es impersonal. Y toda herramienta es útil, mientras no la convirtamos en algo que nos vuelva dependientes y controlables.
