La Faena

a llegada de un movimiento como el de Morena a las más altas esferas del poder político en México es un extraordinario e irrepetible escenario teatral en el que se desnudan sin excepción las peores desvergüenzas o se configuran los mejores atributos de quienes se han dedicado en los últimos años a la política como modo de vida.
Se pasa por una etapa de consolidaciones, fracasos y definiciones; es el despojo masivo de caretas de espíritus demoníacos, lascivos, ambiciosos y simuladores, pretendiendo trastocarse en impolutos ángeles de la congruencia, la honestidad y honradez. Precandidatos de distintos partidos como Eric Cisneros, Manuel Huerta Ladrón de Guevara, Héctor Yunes, entre otros, caben en este amplio costal que viene por la revancha.
En esta puesta en escena pueden observarse también cómo se pasean tímidamente gente como la famiglia Yunes, ahora mudos, miedosos hasta estupefactos quienes hasta hace poco eran bravos y apasionados. Eso sí, en la segunda fila pero con el suficiente dinero para seguir disfrutando de los bienes materiales expoliados durante un enjundioso paso por el gobierno y controlando aún diputaciones y la alcaldía de Boca del Río, bajo el esquema del equipo Yunes como lo dijo a toda voz y con gran orgullo en su momento, la presidenta municipal, Josefina Gamboa.
Se pensaría que el derrumbe de la vieja guardia panista y priísta estaría en primera fila en este recuento. Pero no, el fenómeno transicional hace más notable este efecto entre quienes consideran que tienen escrituradas a su nombre gubernaturas, delegaciones federales u otra clase de posiciones de poder, argumentando que gracias a su espíritu de lucha, a sus sacrificios personales o compromiso ideológico por fin se hace cargo del país un gobierno progresista y por eso, a ellos les debe tocar la tajada más grande.
Quizá no hay mejor personaje para un estudio sociológico que compruebe esta hipótesis que el senador morenista Manuel Huerta. Es el paradigma de cómo la ambición por el poder desvirtúa la lucha social y desencaja ideológicamente al más pintado. Sus actuales y grotescas aspiraciones políticas encueran su verdadera naturaleza, atada de manos durante su etapa de “luchador social” y de vacas flacas para darle entrada a quien no duda en traicionar, manipular, torcer desaseadamente los principios básicos de una organización electoral que plantea la honestidad y congruencia como línea de salida para quien desee representar el morenismo como opción de servicio público.
Entre la más notable de las aberraciones cometidas por este sediciente luchador social se encuentra una filosa lengua experta en un discurso de doble moral. Aquel Manuel Huerta, callejero, sudoroso, peleonero fue tan hábil manipulador de masas que por eso acabó disgustado con todos sus compañeros de la vieja guardia perredista –inclusive ya en Morena cuando le robó la dirigencia estatal a la digna maestra Gloria Sánchez– y desde ahí transitó a un pragmático burócrata que construyó, como el viejo PRI, su propia red electoral desde la delegación de Bienestar.
Manuel ahora es un sectario intransigente que en sus desaforadas ambiciosas ha abierto un innecesario flanco a lo que llama su partido cuando su discurso confrontativo con la gobernadora morenista, Rocio Nahle, se alinea con el del enigmático Movimiento Ciudadano. Huerta se suma al planteamiento electoral que tanto el oscuro MC como los reductos del PRI y del PAN han armado en torno a crear el mismo escenario de la campaña gubernamental, con los mismos actores, el mismo discurso y los mismos corifeos que le apostaron al proyecto político del Clan Yunes.
Lo más insultante para el morenismo que se la jugó contra el aparato político y económico del Clan Yunes es que Ladrón de Guevara, uno de los padres de la Carpeta Azul, se hubiera convertido en uno de los operadores que convencieron y luego conquistaron a los Yunes para que el capullo de la familia, Miguel Ángel Yunes Márquez, defeccionara del PAN y se robara su escaño en el Senado para ofrecerla a los pies como ofrenda del sospechoso Adán Augusto López, y comprar así un boleto anticipadísimo para lo que ahora se sabe es una fallida sucesión presidencial, en la que el tabasqueño se le atravesaron sus nexos con La Barredora y sus operaciones con las mafias políticas morenistas.
El senador Manuel Huerta ahora levanta la mano y pide la presidencia del Senado. Supone que podrá sorprender a quien manda en Morena en el país para desde ahí, de la mano del Clan Yunes, de los mafiosos y oscuros emecistas y de su minúscula base electoral del PT, podrá debilitar políticamente al gobierno estatal de Nahle para, ahora sí, darse la vida de Nerón, sin miedo a que lo acusen de tentón ni ambicioso.