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El gobierno de Israel ha cruzado una línea de no retorno al detener a seis ciudadanos mexicanos que participaban en la flotilla humanitaria Global Sumud, rumbo a Gaza con ayuda médica y alimentos. El crimen de nuestros connacionales fue intentar romper el muro del hambre impuesto sobre un millón de palestinos asfixiados por el bloqueo. El castigo: ser tratados como delincuentes por un Estado que cada día se parece más a una copia deformada de lo peor del siglo XX.
Entre los detenidos está Ernesto Ledesma Arronte, periodista combativo, director de Rompeviento TV, Ernesto se ha jugado la vida denunciando la violencia en México, el abandono del Estado y las atrocidades que hoy se repiten en Medio Oriente. Su presencia en la flotilla no fue casualidad: está del lado correcto de la historia, el de quienes no se conforman con narrar la injusticia sino que buscan confrontarla con hechos. Detener a Ernesto y a sus compañeros no sólo es un atropello contra la libertad individual; es un ataque directo contra la libertad de prensa y el derecho de las sociedades a saber qué ocurre cuando un Estado militarizado impone el hambre como método de guerra.
La lista de detenidos muestra la diversidad del compromiso: cineastas como Carlos Pérez Osorio, psicólogas sociales como Sol González Eguía, ingenieras biomédicas como Laura Vélez Ruiz, artistas escénicos como Diego Vázquez Galindo, periodistas jóvenes como Arlín Gabriela Medrano Guzmán. Todos ellos encarnan el rostro solidario de México, un país que sabe de represión y de luchas populares. Y por eso su arresto es doblemente ofensivo: porque ataca a ciudadanos cuyo único “delito” fue sostener la dignidad humana allí donde otros la pisotean.
El comportamiento del gobierno de Benjamin Netanyahu, socio privilegiado de Estados Unidos y de las oligarquías occidentales, recuerda en forma escalofriante a las prácticas de las SS nazis: persecución sistemática, castigos colectivos, criminalización de la ayuda, deshumanización del enemigo. Israel ya no se defiende: Israel se ha convertido en potencia ocupante que bombardea hospitales, bloquea comida y arresta médicos y periodistas.
La arrogancia de un Estado que se asume impune lo lleva a confundir humanitarismo con terrorismo, a ver en cada flotilla un ejército y en cada civil un combatiente. La agresión contra los mexicanos no puede verse aislada. Forma parte de un ascenso global de la extrema derecha, que en cada país adopta formas distintas pero comparte los mismos trazos: el desprecio por la vida, la exaltación de la fuerza bruta, la criminalización de la protesta, la manipulación mediática.
Lo vemos en Javier Milei, que en Argentina gobierna con insultos, motosierra y represión, incapaz de tolerar la crítica o el disenso. Lo vemos en Daniel Noboa, en Ecuador, donde la protesta social se reprime a tiros mientras se califica de terroristas a los ciudadanos que exigen derechos básicos. Y lo vimos en Felipe Calderón Hinojosa, quien en México inauguró la “guerra contra el narco” con saldo de más de 120 mil muertos, militarizando al país y desatando un ciclo de violencia que aún no termina.
Para ilustrar la barbarie del espurio, en diez años de intervención norteamericana en Vietnam hubo 57 mil muertes estadounidenses. Tres rostros distintos de una misma pulsión autoritaria, legitimada con discursos de orden y seguridad, pero sostenida con sangre y miedo. La conexión es evidente: gobiernos distintos, contextos diferentes, pero una misma lógica que degrada al adversario a enemigo y al ciudadano a súbdito. Una derecha mundial que, amparada por Washington, busca reinstaurar un orden donde los mercados mandan, los pueblos obedecen y la disidencia se castiga.
Frente a esa deriva, la detención de Ernesto Ledesma Arronte y de sus compañeros mexicanos exige una respuesta clara y contundente del Estado mexicano. No basta con notas diplomáticas ni con declaraciones tibias: es obligación del gobierno exigir su liberación inmediata, elevar el caso a la ONU y denunciar ante la Corte Penal Internacional las prácticas de Israel contra civiles y activistas. México tiene una historia de asilo, de solidaridad y de dignidad diplomática que no puede traicionar en este momento crucial.
Los mexicanos en la flotilla no estaban solos ni actuaban en nombre propio.
Representaban la memoria de 1968, de Ayotzinapa, de los pueblos indígenas y de todas las luchas que han hecho de México un país que no se resigna a la injusticia. Al detenerlos, Israel intentó doblegar esa memoria y mandar un mensaje de miedo. Pero lo que ha provocado es otra cosa: indignación, rabia, la certeza de que la solidaridad internacional sigue viva. El mundo no puede normalizar que un Estado aliado de Occidente actúe con los métodos de un régimen totalitario. No podemos aceptar que nuestros colegas periodistas, médicos, artistas y ciudadanos sean tratados como criminales por socorrer a un pueblo sitiado. Si callamos hoy, mañana será tarde.
La lección es clara: lo que se juega en Gaza no es sólo el destino de Palestina, sino el futuro de la humanidad frente a la barbarie. Y allí, con dignidad, también están los nombres de seis mexicanos que nos recuerdan que la solidaridad no se pide: se ejerce. Si la comunidad internacional sigue mirando hacia otro lado, se convertirá en cómplice de la barbarie.
La única respuesta posible frente a un Estado que actúa como verdugo es la presión política, económica y diplomática: boicot, sanciones y ruptura de relaciones hasta que Israel entienda que no se puede gobernar con la lógica de las SS nazis en pleno siglo XXI. México, por dignidad histórica, no puede callar ni vacilar: o defiende con mucho más vigor a sus ciudadanos y a la causa de la justicia, o quedará reducido al triste papel de comparsa en la obra macabra de la extrema derecha mundial.
*Es Cosa Pública
