InicioEditorialLa violencia que no cesa

La violencia que no cesa

- Advertisment -

Hay una realidad dolorosa que Veracruz arrastra desde hace años y que ya no puede interpretarse como una sucesión aislada de hechos criminales: al menos diez mujeres han sido asesinadas en la entidad durante enero y febrero de 2026 en distintos municipios y bajo circunstancias que van desde ataques armados hasta agresiones dentro del propio hogar. Muchos de los casos siguen sin clasificación jurídica definitiva, lo que añade incertidumbre para las víctimas y sus familias.

Lo verdaderamente alarmante no es sólo la cifra. Es su repetición histórica.

Desde hace varios años, Veracruz aparece de manera constante entre las entidades con mayores niveles de violencia contra las mujeres. Feminicidios, homicidios dolosos y miles de denuncias por violencia familiar configuran un patrón persistente que atraviesa regiones, contextos sociales y generaciones. Cuando un fenómeno se repite con esta regularidad deja de ser coyuntural y se vuelve sistémico.

En el estado demasiadas mujeres siguen muriendo en espacios que deberían ser seguros: sus casas, sus lugares de trabajo o sus trayectos cotidianos. Algunas son víctimas del crimen organizado; otras, de la violencia íntima; muchas más, de una cultura que aún normaliza el control y la agresión. La violencia no responde a un solo origen, sino a una estructura social que permite que ocurra y que se reproduzca.

Por ello, el debate no puede agotarse en operativos policiales ni en la reacción posterior al crimen. La persecución penal es indispensable, pero casi siempre llega tarde. El verdadero desafío está en la prevención.

Esto exige políticas públicas concretas y sostenidas. El primer paso debe ser la identificación temprana del riesgo mediante la coordinación entre escuelas, centros de salud, DIF municipales y policías de proximidad, de modo que toda denuncia por violencia familiar active mecanismos automáticos de seguimiento. La mayoría de los feminicidios no comienza con el asesinato, sino con ciclos prolongados de agresión previamente conocidos.

A ello debe sumarse el fortalecimiento real de fiscalías especializadas con capacidad operativa suficiente en todas las regiones del estado, evitando que las denuncias se pierdan en trámites que terminan consolidando la impunidad. Paralelamente, resulta indispensable garantizar protección inmediata a mujeres en riesgo mediante refugios regionales suficientes y órdenes de restricción efectivamente vigiladas.

La prevención también requiere una policía con enfoque comunitario capaz de intervenir antes de la escalada de violencia, basada en mapas sociales de riesgo y no únicamente en la reacción posterior al delito. Sin embargo, ninguna estrategia será duradera si no se atiende el origen cultural del problema.

La violencia contra las mujeres también se aprende. Por ello, la reeducación debe comenzar desde la educación básica mediante formación emocional, igualdad sustantiva entre niñas y niños y resolución no violenta de conflictos. Del mismo modo, el sistema judicial debe incorporar programas de intervención dirigidos a agresores, pues castigar sin modificar conductas sólo posterga la reincidencia.

Veracruz no enfrenta únicamente un problema de seguridad pública; enfrenta una herida social profunda que exige decisión política sostenida y transformación cultural. Diez mujeres asesinadas en dos meses no son una estadística: son una advertencia colectiva que ya no puede seguir siendo ignorada.

ARTÍCULOS RELACIONADOS