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La mano que no se dio


La visita oficial del presidente de Singapur, Tharman Shanmugaratnam, dejó una escena breve pero significativa durante la recepción en Palacio Nacional.

Al inicio del acto protocolario, la presidenta Claudia Sheinbaum extendió la mano hacia la esposa del mandatario, Jane Yumiko Ittogi. En ese instante, Shanmugaratnam adelantó ligeramente el paso y colocó su brazo entre ambas, orientando el saludo hacia una inclinación de cabeza. El gesto evitó el apretón de manos. La imagen circuló con rapidez. En algunos sectores se interpretó como un desaire. Sin embargo, para entender lo ocurrido es necesario situarlo en su marco cultural.

Singapur es una sociedad influida por tradiciones chinas, malayas e indias, donde el contacto físico en espacios formales —sobre todo entre géneros— no siempre es la norma. En diversos contextos de Asia, la cortesía se expresa mediante reverencias leves, saludos verbales o gestos respetuosos sin contacto. El saludo japonés, la inclinación india del “namasté” o la forma malaya del “salaam” comparten un principio común: el respeto se manifiesta manteniendo cierta distancia.

En ese sentido, el movimiento del presidente singapurense no puede leerse como un rechazo político, sino como una acción preventiva para no colocar a su esposa en una situación incómoda. Evitó que ella tuviera que declinar un apretón de manos que quizá no deseaba ofrecer por razones culturales o personales.

Diplomáticamente, fue un gesto funcional: permitió mantener la armonía del encuentro conforme a los códigos de la delegación visitante. Lo ocurrido, sin embargo, revela una falla en el protocolo mexicano. En encuentros entre jefes de Estado, cada detalle —la secuencia del saludo, el tipo de contacto permitido, la posición de los invitados— está previsto de antemano.

Las prácticas de ceremonial existen precisamente para anticipar diferencias culturales y prevenir malentendidos. Cuando el protocolo funciona, no se nota; cuando falla, se vuelve evidente incluso en gestos mínimos.

Casos similares han ocurrido en otros países. En 2017, Angela Merkel evitó extender la mano a un ministro de un país del Golfo tras ser advertida por su equipo de protocolo de que el funcionario no acostumbraba saludar a mujeres con contacto físico.

En 2022, durante una visita oficial a India, la delegación europea fue instruida para utilizar el “namasté” y evitar apretones de mano por razones culturales y sanitarias. Estos ejemplos muestran que el éxito del ceremonial radica en la anticipación, no en la improvisación.

En esta ocasión, la presidenta extendió la mano sin conocer la preferencia cultural de la esposa del mandatario asiático. No es responsabilidad de la jefa del Estado memorizar códigos internacionales ni prever todos los matices culturales del mundo. Para eso existe un aparato técnico especializado, cuya labor es acompañar, advertir y proteger la imagen del país.

La omisión no altera las relaciones bilaterales, pero evidencia la necesidad de un protocolo más riguroso.

La visita de Singapur tenía un propósito estratégico: fortalecer la cooperación económica, tecnológica y logística en un contexto internacional marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China.

México busca diversificar alianzas sin quedar atrapado en esa disputa global.

Precisamente por ello, los detalles importan. Los gestos iniciales en un encuentro diplomático son parte del mensaje político que un país envía al mundo.

El episodio no constituye un agravio, pero sí un recordatorio.

La Cancillería debe perfeccionar sus mecanismos de información, asegurarse de que cada encuentro esté diseñado con precisión y garantizar que la Presidencia cuente con todos los elementos necesarios para actuar en plena consonancia con la etiqueta internacional.

En un escenario global tan diverso, el conocimiento profundo de las costumbres de los invitados no es una formalidad: es una herramienta de Estado.

La mano que no se dio no cambiará la relación México–Singapur.

Pero sí deja claro que el protocolo mexicano debe estar más atento, más informado y más presente.

Porque en diplomacia, incluso los silencios y los gestos mínimos requieren preparación.

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