La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, dio una lección nacional e internacional en su reciente viaje a Barcelona, al asistir a la cumbre de países progresistas. Para comprenderla debemos ir al pasado, a las antiguas voces filosóficas de Grecia, en especial a una palabra que conlleva un ejercicio específico y no claramente institucionalizado dentro de la vida pública y privada de los ciudadanos helénicos: la parresía, que es una de las tres partes de la democracia ateniense. Las otras dos son la isegoría (el igual derecho a hablar) y la isonomía (la igual participación de todos los ciudadanos en el ejercicio del poder).
Cuando Michel Foucault tiende su mirada hacia la profundidad de esta cultura, encuentra que a diferencia de la isonomía (la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley) y de la isegoría (el derecho legal, dado a todo el mundo, de decir su propia opinión) la parresía no estaba claramente definida en términos institucionales y este desvanecimiento conceptual le hace preguntar: ¿cómo es posible darle forma legal a alguien que se relaciona con la verdad?
El parresiastés (un Sócrates, un Diógenes) tiene como característica que no hay la más mínima discrepancia entre lo que dicen y lo que hacen; revelan la verdad al hablar, pues son valientes en su vida y su discurso y se enfrentan a la opinión de su oyente en forma crítica.
Hay varias especificidades en cada modalidad parresiática (la socrática, la epicúrea, la estoica, la cínica) pero a todas las define en primer lugar la coincidencia entre creencia y verdad, lo que quiere decir que la posesión de la verdad está garantizada por la posesión de ciertas cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales, entonces es la prueba de que tiene acceso a la verdad —y viceversa—.
Es común que quienes hablan y aparecen en los medios de comunicación y fundamentalmente los líderes políticos están desprovistos de estas cualidades. Podría decirse que casi es costumbre de quienes dicen representarnos, quienes dicen hablar “en nombre de”, son personalidades reprobadas moralmente, tanto en su vida personal como en su vida pública.
Quizá como nunca antes esta figura del parresiastés (el que dice lo que es verdadero por qué él sabe lo que es verdadero, y sabe que es verdadero porque realmente es verdadero) tiene una trascendencia fundamental en nuestro siglo. La parresía está vinculada al valor frente al peligro. Requiere el valor de decir la verdad a pesar de cierto peligro.
La lección de Claudia Sheinbaum es universal precisamente porque es una estadista que une en su personalidad al ciudadano y al poder. Asistir como cualquier persona a un país extranjero, hacer fila, sentarse en la localidad más barata, caminar como la persona que es consciente de la vinculación entre creencia y verdad, la natural concentración simbólica que significa ser mujer-nación.
Es difícil aún vislumbrar cómo se procesará esta herencia parresiástica en la política mexicana, el listón se ha puesto muy alto. En las filas internas de la Cuatro T hay conmoción y no se diga en la oposición que con cada acto público se liquida, pues se ha creado en el país una atmósfera que aspira sanar, purificar en lo posible, la vida pública, siempre cercada, constantemente amenazada por los intereses que se resisten a desarraigar sus privilegios.
El caso lamentable de Marcelo Ebrard es una prueba; antes, la clase de vuelo ejecutiva de Noroña o las compras en una tienda cara en Japón de Andy. Las lecciones de López Obrador primero y de Claudia Sheinbaum hoy exigen comprender esta tradición no escrita de la demokratia, por eso el filósofo francés le dedicó un detallado estudio en Discurso y Verdad en la antigua Grecia (Paidós 2004).




