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La FIFA y el límite de lo humano

ECP

La escena es precisa. Un conflicto internacional abierto. Un señalamiento explícito de que no se puede garantizar seguridad. Una petición de ajuste para proteger a jugadores y aficionados. Y la respuesta de la FIFA: no se mueve nada.

No importa lo que piense la institución. Importa lo que hace. Y lo que hace es sostener el calendario, las sedes y la operación como si el contexto no existiera. No hay matiz, no hay margen, no hay adaptación. Hay continuidad.

Esa continuidad no es neutral. Es intransigente.

No se trata de una decisión puntual, sino de una forma de funcionamiento. La FIFA no actúa como un árbitro del deporte global, sino como una estructura que administra un producto de escala planetaria con reglas propias. En ese esquema, el Mundial no es un espacio abierto que se ajusta a las condiciones del mundo, sino un sistema cerrado que exige que el mundo se ajuste a él.

Ahí es donde aparece el fondo del problema.

El dinero no es solo un incentivo. Es estructura y razón de ser. Cada sede asignada, cada partido programado, cada transmisión comprometida forma parte de una red de contratos que no admite alteraciones sin costo. Y cuando el costo es alto, la decisión se vuelve simple: no cambiar nada.

Esa lógica no se improvisa. Se construye durante años, se consolida con cada contrato firmado y se refuerza con cada edición del torneo. La FIFA no responde a coyunturas; responde a su propia arquitectura. Por eso la excepción no aparece: no hay mecanismos diseñados para alterar el curso del sistema una vez que está en marcha.

La empatía no entra en esa ecuación.

No porque no exista en términos individuales, sino porque no es operativa dentro del sistema. No decide. No pesa. No altera. La variable humana queda subordinada a la continuidad del evento.

Ese es el punto.

Jugadores y aficionados no son el centro del sistema, aunque lo hagan posible. Son parte de su funcionamiento, no de su definición. La seguridad, en este contexto, deja de ser una condición y se vuelve una externalidad: algo que se reconoce, pero que no modifica la estructura.

La neutralidad que la FIFA suele invocar se revela, así, como una forma de distancia. No interviene, no ajusta, no asume. Mantiene. Y al mantener, desplaza.

Lo que se desplaza no es menor. Es el lugar de lo humano dentro de una maquinaria global que opera con lógica propia.

No es un exceso. Es un límite.

Cuando un sistema alcanza ese grado de cierre, la flexibilidad deja de ser posible y la empatía deja de ser relevante. No por falta de voluntad, sino por diseño.

Y eso es lo que esta escena deja ver.

No la dureza de una decisión, sino la forma en que funciona el mundo cuando lo económico deja de ser un medio y se convierte en estructura.

En ese punto, lo humano no desaparece. Pero deja de decidir.

• Es Cosa Pública

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