Marcelo Ramírez Ramírez
La Escuela Infinita. Aprender y enseñar en entornos ubicuos es una obra de tres distinguidos doctores cubanos: Diosvany Ortega González, Celio L. Acosta Álvarez y Fernando Eugenio Ortega Cabrera.
Ellos lograron integrar perspectivas intelectuales e intereses pedagógicos diferentes, en una visión estimulante de lo que puede ser el futuro de la educación, si se satisfacen determinadas condiciones para conseguirlo. El texto apretado y riguroso, pero también claro y de lectura agradable, por el uso audaz de metáforas que ayudan a desvelar sentidos ignorados por el pensamientos técnico-científico, aborda la problemática educativa mostrando su complejidad, al tiempo que establece principios y criterios para plantear una propuesta desde el pensamiento crítico y humanista de los autores.
La Escuela Infinita, viene a ser, por tanto, varias cosas a la vez: teoría pedagógica puesta al día, en consonancia con el desarrollo de las tics; reflexión crítica sobre los desafíos implicados en el uso de dichas tecnologías; urgencia de una nueva escuela que conserve lo positivo y supere las deficiencias de la escuela tradicional-moderna.
Por último, nos exhorta a visualizar el futuro alucinante de posibilidades para la educación, responsable de dar un nuevo e imprescindible ethos salvador a la civilización. Factible esto último, siempre y cuando los agentes del cambio, o sea los docentes, procedan con creatividad y responsabilidad ética.
Así podrá venir a la existencia la Escuela Infinita que realmente ya no es la escuela –nos explican los autores-, a la que estamos acostumbrados, porque rebasa el ámbito del aula y se proyecta al mundo, gracias a la comunicación que el docente establece con un tipo de aprendientes identificados por el común afán de aprender, más allá de diferencias ideológicas religiosas, étnicas, económicas o políticas.
El resultado es la aparición de una subjetividad con horizontes intelectuales y axiológicos ampliados, de manera que favorece el avance hacia la construcción de la comunidad planetaria. Según el humanismo marxista, la individualización del hombre, es decir, la manifestación de los rasgos originales de cada hombre, sólo puede aparecer en la comunidad; sin ésta, la individualidad es imposible. En la dilatada comunidad de la polis mundial, podrán surgir nuevas y más vigorosas expresiones individuales aptas para convivir en esa polis. Es la tesis del hombre nuevo para un mundo nuevo.
La propuesta tiene un evidente tono utópico, como corresponde a las premisas implícitas de las cuáles parten los autores, fáciles de identificar con el humanismo naturalista e inmanentista de Marx, reelaborado por los filósofos de la escuela de Frankfurt y pensadores posteriores, para responder a las circunstancias culturales creadas a la sombra del capitalismo tardío: Una reelaboración teórica importante, que modificó la rigidez de la versión economicista, fue destacar la función humanizadora del arte y la literatura cuando proceden según su esencia, lo que sin embargo se ve obstaculizado, cuando el creador cultural se somete al gusto del consumidor, que paga para que le den lo que pide su sensibilidad deformada por la industria de la cultura de masas.
Poniendo este asunto de lado, lo cierto es que la utopía de la Escuela infinita, despierta e impulsa el ímpetu de trascendencia característico del ser humano: ir más allá del tiempo presente con sus miserias, contradicciones y predominio de la banalidad, para conquistar el futuro donde el hombre, al fin, realizará su verdadera esencia en libertad creadora.
No importa que la conquista total sea de suyo imposible, lo fundamental es contar con la estrella polar para guiar la nave en que, por vez primera en la historia, viaja la humanidad en conjunto multiforme y colorido de pueblos y culturas. La infinitud a que alude la escuela infinita es, pues, espacial y temporal, intramundana. ¿Y la otra trascendencia, la que se mueve hacia arriba y pretende satisfacer necesidades estrictamente espirituales? Esa no tiene cabida en el texto en comento, por la adscripción anti metafísica de sus autores. Por lo mismo, no se les puede demandar lo que en principio han excluido.
Pero el lector si puede plantearse la pregunta acerca de si es suficiente la infinitud dentro de la historia, o si puede mantener su aspiración a la infinitud ontológica, sin renunciar por ello a los deberes de este mundo y de la hora en que afronta, junto con sus semejantes, el reto de quedar estancado en el egoísmo posesivo o aprender a tratar al otro como prójimo.
La elección en este asunto, sea la que fuere, es el mayor regalo de nuestra libertad de conciencia. En el ámbito de esta libertad, los seres humanos podrán ponerse de acuerdo, como lo hicieron en su momento los defensores del humanismo personalista en Francia, con Emmanuel Mounier a la cabeza, con los intelectuales de izquierda, a efecto de combatir el totalitarismo.
Pero, esta vez, será necesario buscar el diálogo conciliatorio con múltiples formas de ideología, privilegiando los puntos de acuerdo en aquello que une a la humanidad en su objetivo de perdurar como especie, basada en el respeto y la colaboración.
Ese acuerdo en los valores esenciales de la conciencia humana, perseguidos por los hombres de buena fe que buscan el bien común, es la prioridad impostergable del momento presente, si hemos de dar una respuesta positiva al exhorto de Hans Jonas: salvar la Tierra para los que aún no han nacido.
Agosto 2024.






