Orizaba, Ver.- En México, la violencia hacia las personas trans continúa siendo una problemática alarmante. Con el segundo lugar en América Latina en cuanto a transfeminicidios, el país se enfrenta a una crisis de derechos humanos que afecta gravemente a la comunidad trans. Activistas como Koko Lozada, defensora de los derechos LGBTIQ, trabajan incansablemente para erradicar la patologización de las identidades trans, es decir, el trato a las personas trans como si padecieran enfermedades físicas o mentales.
“Es difícil”, afirma Lozada, cuando se le pregunta sobre los obstáculos que enfrenta la comunidad trans. “La patologización es la conceptualización de características corporales, identidades y prácticas como enfermas o anómalas. En una sociedad que cree que sólo debemos ser heterosexuales, el sistema impone una norma que margina todo lo que se salga de ahí”.
Koko Lozada explica que, a pesar de los avances en la legislación, como la posibilidad de cambiar los documentos de identidad para reflejar la verdadera identidad de género de las personas trans, estos esfuerzos no son suficientes. “Se han establecido normas, se ha cambiado el código civil, pero eso no basta. Seguimos siendo el segundo país con más crímenes contra las personas trans en América Latina”, subraya la activista.
Según Lozada, la discriminación hacia las personas trans es un problema arraigado en la sociedad mexicana. “De cada diez personas, siete creen que ser trans es estar enfermo o tener un trastorno. Esto genera crímenes y violencia hacia nosotras. No basta con cambiar leyes, necesitamos educación y una transformación profunda en la forma en que la sociedad ve y trata a las personas trans”.
Uno de los principales desafíos para las organizaciones defensoras de los derechos de la diversidad sexogenérica es promover una educación sexual integral desde edades tempranas. “Por eso, siempre tratamos de buscar una educación sexual integral a nivel primaria, para crear conciencia desde la infancia”, señala Lozada. La Coalición Mexicana LGBTIQ trabaja en la sensibilización de las nuevas generaciones, quienes, según la activista, muestran mayor apertura hacia las identidades trans. “Poco a poco, las juventudes y niñez trans se han vuelto más visibles, aunque siguen siendo reprimidas en muchas familias”.
Las intersecciones de discriminación son variadas y dependen de factores como la situación económica y el contexto geográfico. “Las vivencias de las personas trans no son las mismas en todas partes. No podemos generalizar. En zonas rurales, como la sierra de Zongolica o la cuenca del Papaloapan, la discriminación puede ser mayor, pero también en las ciudades enfrentamos violencia y exclusión”, explica Lozada. Incluso en el Istmo de Tehuantepec, donde se piensa que las personas muxes —una identidad de género reconocida tradicionalmente en la región— son aceptadas, la realidad es más compleja. “A veces romantizamos la idea de que las comunidades aceptan a las personas trans, pero eso no asegura que no suframos actos de violencia”.
Para Koko Lozada, la clave está en el compromiso social, el respeto y la educación en toda la sociedad mexicana. Mientras no se rompa con la percepción errónea de que ser trans es estar enfermo, la violencia y la discriminación continuarán afectando a una comunidad que lucha por su derecho a existir y vivir con dignidad.
