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La culpa como forma de control pasivo


Capítulo VI: La culpa interiorizada
Cuarta entrega (4 de 4)

El individuo como administrador de sí mismo

La forma más avanzada del control no consiste en vigilar a las personas. Consiste en lograr que ellas mismas se vigilen. Tampoco consiste en imponer sacrificios. Consiste en lograr que los consideren necesarios. El poder alcanza su mayor eficacia cuando desaparece de la vista.

Durante milenios la culpa necesitó una instancia visible. Un dios que observaba, una ley que castigaba, una autoridad que corregía. La obediencia dependía de una presencia exterior. Había alguien frente al cual responder.

La modernidad tardía modificó esa relación. El observador comenzó a instalarse dentro del individuo.

El neoliberalismo no produjo únicamente una transformación económica. Produjo una transformación psicológica. El ciudadano fue redefinido como empresa. La existencia dejó de organizarse alrededor de la pertenencia a una comunidad y empezó a organizarse alrededor del rendimiento personal. Cada persona se convirtió en gerente de sí misma.

La lógica era simple. Si alguien prosperaba, el mérito era suyo. Si fracasaba, también. La pobreza dejó de ser vista como consecuencia de estructuras económicas. El desempleo dejó de interpretarse como resultado de decisiones empresariales o políticas. La precariedad dejó de relacionarse con relaciones de poder. Todo comenzó a presentarse como una responsabilidad individual.

La culpa encontró entonces un territorio inmenso. Quien no alcanza el éxito suficiente siente que no trabajó bastante. Quien se agota cree que no se esforzó lo necesario. Quien fracasa asume la culpa antes de analizar las condiciones en las que compite. La vieja acusación religiosa se transformó en autoevaluación permanente.

El lenguaje cambió. Ya no se habla de pecado sino de productividad. Ya no se habla de redención sino de desarrollo personal. Ya no se habla de salvación sino de éxito. La estructura emocional, sin embargo, permanece sorprendentemente intacta.

El individuo moderno vive sometido a un examen constante. Evalúa su cuerpo, sus ingresos, sus relaciones, su imagen pública, sus logros profesionales, su disciplina, sus hábitos y hasta sus emociones. Todo parece susceptible de mejora. Todo parece insuficiente. La culpa deja de actuar como respuesta a una falta concreta. Se vuelve un estado permanente.

La tecnología amplifica el proceso. Las redes sociales funcionan como vitrinas donde cada persona exhibe una versión optimizada de sí misma. El resultado es una comparación interminable. Siempre existe alguien más exitoso, más atractivo, más rico, más disciplinado o más visible. La distancia entre la vida real y la vida exhibida se convierte en una fuente constante de insatisfacción. La culpa ya no necesita argumentos. Se alimenta sola.

Por eso el control contemporáneo resulta tan eficiente. No depende de policías ni de censores. No requiere tribunales ni castigos espectaculares. Opera desde el interior de la conciencia. Convierte al individuo en supervisor de sí mismo. Nunca tantas personas dispusieron de tantas libertades formales. Nunca tantas experimentaron al mismo tiempo una sensación tan intensa de insuficiencia. La libertad prometida se transforma en obligación, la autonomía en exigencia, la elección en carga.

En Sumeria apareció la culpa cósmica: el individuo debía obedecer para conservar el orden del universo. En el judaísmo y el cristianismo surgió la culpa moral: el individuo debía responder por sus actos ante Dios. Las instituciones modernas desarrollaron la culpa disciplinaria: el individuo debía ajustarse a las normas de la sociedad. El neoliberalismo produjo la culpa interiorizada: el individuo se convirtió en juez, acusado y vigilante de sí mismo.

La evolución parece inmensa. Sin embargo, el mecanismo conserva una continuidad fundamental. En cada etapa la culpa opera como una tecnología de obediencia. Cambian los relatos, las instituciones, los lenguajes. Permanece la necesidad de obtener conductas previsibles sin recurrir constantemente a la fuerza. La historia de la culpa es, en gran medida, la historia de cómo las sociedades aprendieron a gobernar desde el interior de la conciencia.

Porque aquello que puede ser observado también puede ser cuestionado. Y aquello que puede ser cuestionado deja de ser una condena inevitable

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