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La trampa y el espejo

Es Cosa Pública

Hay gobiernos que aprenden a no reprimir porque les sale caro. Y hay gobiernos que no reprimen porque entienden que la represión es exactamente lo que el adversario necesita. La diferencia no es táctica sino cultural, y se nota. Lo que ocurrió ayer en la Ciudad de México —la CNTE en las calles, Salinas Pliego llamando a ser “más rudo”, el bloque negro con sus artefactos— fue una trampa diseñada con precisión. Sheinbaum no cayó. Y eso no es un logro menor: es la señal de que algo cambió en la médula de este Estado.

La trampa tenía una lógica impecable. Tres actores con agravios distintos, sin coordinación explícita, convergiendo en el mismo efecto: proyectar la imagen de un México en llamas justo cuando el mundo entero tenía los ojos puestos aquí. La CNTE con una promesa de campaña incumplida como combustible. Salinas Pliego con su factura fiscal pendiente y sus pantallas convertidas en trinchera. El bloque negro con la estética del caos como único programa. Ninguno necesitaba hablar con los otros dos. El enemigo común hacía el trabajo de coordinación.

Los gobiernos anteriores habrían mandado granaderos. No por crueldad necesariamente, sino porque era el manual: despejar, contener, restaurar el orden visible. El problema es que ese manual le regala al adversario exactamente lo que vino a buscar. Un mártir, una imagen, un argumento. Calderón lo hizo en 2006. Peña Nieto lo hizo en 2013 con la misma CNTE en este mismo Zócalo. El resultado en ambos casos fue el de siempre: la represión se convirtió en el tema, el gobierno quedó como verdugo y el movimiento salió fortalecido.

Sheinbaum leyó la trampa y la nombró en voz alta. “Es una provocación para que nosotros actuemos y reprimamos”, dijo. Esa frase no es solo un diagnóstico político: es la evidencia de que el gobierno opera con una categoría que los anteriores no tenían o no usaban. Nombrar la trampa públicamente es desactivarla. El adversario pierde la iniciativa cuando el guión se hace visible.

Pero la pregunta más interesante no es por qué no reprimieron. Es qué dice el Mundial de todo esto. México organizó el evento más visto del planeta en medio de protestas, bloqueos y una narrativa internacional que apostaba al caos. Y el caos no llegó. El Azteca se llenó. El Zócalo se llenó. La ceremonia ocurrió. El partido se jugó. Lo que el mundo vio no fue el México que querían vender Salinas Pliego y los que marcharon con su agenda —vio un Estado que sostiene el orden sin brutalidad, que negocia sin capitular, que celebra sin necesitar silencio previo.

Eso no es imagen. Es capacidad. Y la capacidad no se fabrica en una mañanera ni se decreta en un acuerdo de gabinete. Se construye en la acumulación de decisiones que van sedimentando una cultura de gobierno. Lo que ocurrió ayer en la Ciudad de México es, entre otras cosas, la demostración de que esa sedimentación existe.

La trampa reveló más de quienes la tendieron que del país que pretendían retratar. Y el Mundial, que para algunos debía ser el escenario del colapso, terminó siendo el espejo de otra cosa: un Estado que aprendió, por fin, a no darles lo que piden.

“La culpa como forma de control pasivo” regresa mañana.

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