Luis Ángel Andrade Córdova
Si entendemos a la teología como el estudio sistemático y razonado de las verdades de fe, vemos con claridad que las fuentes primarias de la revelación cristiana —las Sagradas Escrituras y la Tradición Apostólica— son indispensables para el discurrir teológico, pues constituyen su punto de partida. Sin embargo, no son, en sí, por sí y para sí, su punto de llegada. La teología ofrece “algo más” que la interpretación literal de la Biblia y de los Concilios, y es por ello que existe y vale la pena que exista, tanto al interior como fuera de la iglesia. Las verdades de fe, pensamos, se reflexionan desde la teología para poder vivirlas en plenitud crística y compartirlas a quienes aún están fuera del divino círculo de la fe, es decir, de quienes se encuentran atrapados en el “otro círculo” de la historia no-reflexionada, sobrevivida y no vivida del día a día agobiado por las tareas mundanas. La teología, para ser discurso vivo y contribuir a la rehumanización del mundo, necesita de la filosofía y de la historia, entendidas como mediaciones “terrenales” de la revelación del Cristo en la realidad última del hombre. A pesar de que dichas mediaciones constituyan fuentes teológicas en todo el sentido de la palabra desde los tiempos de Melchor Cano (teólogo y filósofo de la célebre Escuela de Salamanca, quien con su obra teológica y filosófica reformuló las relaciones entre la fe y la razón histórica en el ínclito siglo XVI español y europeo, junto a Francisco de Vitoria, Luis de Alcalá y otros pensadores salamantinos), por lo regular han sido relegadas en el quehacer de la teología profesional o eclesiástica, la cual las considera como de segundo orden. En esta breve reflexión —que constituye un intento de hacer y difundir lo que se conoce hoy en día como teología laica— buscaremos posicionar a dichas mediaciones como el centro de una actividad científico-teológica capaz de dialogar con el mundo contemporáneo y contribuir a su mejora cualitativa.
La razón agonística (pugilística) en la lucha entre el bien y el mal desde el amor del Cristo (el Ungido por el Dios creador del Universo)
Comenzaremos nuestro breve análisis con una afirmación teológica del autor de De Locis Theologicis (obra publicada de manera póstuma en 1563 y cuya traducción al español es “Lugares Teológicos”, es decir, las fuentes de estudio de la ciencia teológica), según la cual “la fe sola, sin doctrina ni razón, no podría defenderse”. El antiguo catedrático de la Universidad de Salamanca intenta explicarnos con esta idea que la causa eficiente, es decir, el impulso del quehacer teológico, sería el carácter agonístico de la razón humana, su modo de ser “pugilístico” fundamental. Desde la perspectiva cristiana podríamos pensar, junto con el oriundo de Tarancón, que el Espíritu Santo otorga sentido, en su esencia comunicativa, a los impulsos racionales combativos del ser humano, especialmente los del teólogo, el cual, a través de su actividad intelectiva fehaciente (hacedora de fe) y de su sincero afecto hacia Dios, invita a otros, a través de la argumentación razonada, a vivir en el Amor y la Verdad, integrándose en el divino círculo de la fe. En otras palabras: a hacer iglesia y a hacer historia verdadera desde el discurso metódico sobre la fe en el Cristo.
Si bien es cierto que la “santa rusticidad” a la que hace referencia Cano (el carácter rústico o “silvestre” de relacionarse con lo divino por medio de la vinculación inmediata, no reflexionada, entre la fe y lo que podríamos llamar, en clave fenomenológica, la intuición esencial o inteligente) configura el Amor mismo de Dios y lo infunde todos los corazones, manifestándose en el modo cándido y puro de vivir la fe común de la grey, ella no basta para actualizar la Palabra en el mundo. Una fe que no dialogue con la razón a través de mediaciones humanas colectivas como la filosofía y la historia está condenada, en el mundo de los hombres finitos susceptibles de manipulación por el maligno, a la impotencia y al fanatismo. Lanecesidad de resistir al mal y a sus emisarios es, por lo tanto, otra razón de ser de la teología, pues quienes la practican, más que contemplar la Causa Primera en su despliegue inmanente totalizante, aman a Dios y a su prójimo con toda su fuerza y contribuyen, junto con el magisterio de la iglesia institucional, a expandir el manto protector de luz divina en la tierra.
Al respecto, recordemos que al interior del círculo de la fe todo es santidad. Más que de resistencia al mal hablamos, dentro del mismo, del recuerdo (anamnesis) del misterio divino lanzado hacia la Eternidad a través de su simbolización y aplicación litúrgica, en la celebración del sacramento eucarístico, por ejemplo. Sin embargo, la construcción o invocación del Reino de Dios, la expansión de dicho círculo más allá de la iglesia realmente existente, requiere combatir a los adversarios del Señor y dar a conocer su Palabra a los que aún no hablan su lenguaje. Para ello, el rol del teólogo (ya sea eclesiástico, académico o laico) en la sociedad histórica es de primer orden, pues la consistencia misma de la fe en el Cristo es el óleo que unge su razón, la cual deviene un componente fundamental, sine qua non, de la misión evangelizadora de la iglesia-comunidad-de- fe, de la difusión del Ser Crístico en el mundo de los hombres y de las mujeres.
La experiencia divina o trascendente de los hombres como el verdadero motor de la historia
Por otro lado, abordando otra fuente teológica de segundo orden, el teólogo salamantino nos dice que “el conocimiento de la historia produce grandes frutos, mientras que su ignorancia engendra errores”. Aquí consideramos que el carácter histórico de la razón humana, su concreción en el tiempo y en el espacio, permite la reactualización permanente, “eternizable”, del mensaje divino, cumpliendo así el principio de indefectibilidad (principio de no-equivocación) de la Iglesia Universal, de los convocados en el Cristo. Creemos, de la mano de Dios, que la adecuada percepción de lo divino en lo temporal es la estrecha puerta de entrada a lo Eterno, a lo propio del Señor y de las almas que se encuentran en sintonía con Él.
Finalmente, consideramos que la vivencia y el pensamiento plenos de la historia, actualizada (convertida en realidad) a través de la experiencia del creyente que reflexiona concienzudamente su fe en la totalidad de su ser personal, es otra fuente de la que emana la Verdad. Podemos hablar aquí de una especie de discernimiento fenomenológico del “mundo de la vida” (del alemán Lebenswelt) orientado hacia Jesús, un modo de proceder fundamental de la “inteligencia sintiente” —concepto del filósofo español Xavier Zubiri— que refleja la voluntad de Dios de darse a conocer entre los hombres, de hacerse carne y habitar entre ellos (Jn 1:14). Así como se incorporó en el Cristo, Dios Padre se incorpora en las almas de todos aquellos que buscan reflexionar en profundidad y de manera sistemática acerca de su fe haciendo gala de cristiana humildad. Es decir, si nos vaciamos de nuestra voluntad ególatra (kénosis) y nos dejamos guiar inteligentemente por la Palabra sintiendo sin reservas el Amor de Nuestro Señor, ya somos teólogos en potencia. No olvidemos, para concluir, que “la fuerza de la teología no se halla principalmente en contemplar sino en actuar” (Cano dixit), así como tampoco echemos en saco roto la afirmación luterana relativa a la experiencia como dimensión constitutiva del quehacer teológico. La confrontación del teólogo con el mundo, en su actualidad y concreción histórico-política, es, in fine, la vía ideal de acceso a la inteligencia sintiente suprema de Dios.




