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Intervención sin pruebas

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Washington no necesita demostrar nada para que el operativo funcione. Esa es la clave de lo que ocurrió esta semana con las detenciones de funcionarios sinaloenses en territorio estadounidense, y es lo que convierte el episodio en algo cualitativamente distinto a una operación antinarcóticos ordinaria.

El mecanismo es preciso. El Departamento de Justicia acusa a diez funcionarios del gobierno de Sinaloa —entre ellos al gobernador Rubén Rocha Moya— de servir como estructura de protección a Los Chapitos. Solicita detenciones provisionales con fines de extradición. No entrega las pruebas que el tratado bilateral exige. México las pide. No llegan. Dos semanas después, el general en retiro Gerardo Mérida Sánchez cruza voluntariamente la garita de Nogales, queda bajo custodia del Servicio de Marshals, y termina en el MDC Brooklyn —la misma prisión donde están El Mayo Zambada y Nicolás Maduro. Al día siguiente se entrega Enrique Díaz Vega, exsecretario de Finanzas. En México, los otros ocho acusados permanecen libres, algunos ejerciendo sus cargos.

Las pruebas no han llegado porque no son necesarias para los fines reales de la operación. Son necesarias para un juicio. No lo son para producir efectos políticos en dos países simultáneamente.

En Estados Unidos, Donald Trump sostiene ante su base electoral que México es un narcoestado y que su administración actúa donde los gobiernos mexicanos no pueden o no quieren actuar. Cada detención —con pruebas o sin ellas, con cooperación mexicana o sin ella— alimenta ese relato. Las intermedias de noviembre están en el horizonte. El espectáculo es el mensaje, y el mensaje no requiere sentencia.

En México, el efecto es distinto pero complementario. El gobierno de Claudia Sheinbaum queda atrapado entre dos posiciones igualmente costosas: si detiene a los acusados sin pruebas, valida una acusación que no ha podido verificar y cede soberanía procesal; si no detiene, el relato de Washington la coloca en el lugar de quien protege a funcionarios narcos. El dilema es la trampa, y la trampa opera con independencia de si los acusados son culpables. Las elecciones intermedias en México son el primero de junio. Sinaloa vota. Morena necesita esa plaza.

El patrón tiene antecedentes directos. En julio de 2024, Joaquín Guzmán López entregó a El Mayo Zambada en una operación que el gobierno mexicano no autorizó y sobre la que pidió explicaciones que nunca llegaron. Antes, en 2020, la DEA detuvo al general Salvador Cienfuegos en Los Ángeles sin notificación previa; México exigió su devolución, obtuvo una capitulación diplomática excepcional, y la investigación interna no produjo nada. La secuencia es consistente: Estados Unidos interviene, no rinde cuentas, y exige reciprocidad como si la asimetría fuera natural.

Lo que esta semana agrega al patrón es la escala y la sincronía electoral. No es una detención aislada de un capo. Es la acusación simultánea de un gobernador en funciones, un senador de la República, un alcalde, mandos militares y policiales, y funcionarios de finanzas —toda la cadena de un gobierno estatal—, construida desde una fiscalía de Nueva York, anunciada cinco semanas antes de una elección mexicana, y ejecutada sin que México haya podido verificar un solo elemento probatorio.

El gobierno federal ha respondido con corrección institucional: exige las pruebas, encuadra el proceso en el tratado de extradición, evita la confrontación abierta. Es la respuesta jurídicamente apropiada. Es también la respuesta que deja intacta la geometría de la maniobra, porque la maniobra no opera en el terreno jurídico. Opera en el terreno de la percepción, donde la acusación ya produjo su efecto antes de que llegue cualquier prueba, y donde el desenlace judicial —que tomará años— es políticamente irrelevante.

México lleva décadas aprendiendo a gestionar esta asimetría. Lo que esta semana exige es reconocer que la gestión defensiva tiene un límite: contiene el daño pero no desmonta el mecanismo. La pregunta que el gobierno de Sheinbaum tendrá que responder, antes del 1° de junio y después, es si existe una respuesta que no se agote en pedir pruebas que Washington sabe que no necesita entregar.

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